LA REVISTA

Así de cerquita

Junio 2018
Por: Karina Valcarcel

Rupac

Pensamos que sería fácil. Al fin y al cabo, Rupac está ‘acá nomás’ –dijimos– una cosa de ir, conocer y regresar. Pero no. Son las 10 de la mañana de un sábado cualquiera en Lima y queremos escaparnos de la bulliciosa ciudad, así que armamos un playlist con canciones bochornosamente divertidas, calentamos el motor y terminamos de colocar nuestras cosas en la maletera.

Él solo lleva una mochila con una muda y ropa interior limpia. Yo –que me creo la experta viajera– llevo toallas, guantes, chalina, bloqueador, repelente, analgésicos, una linterna enorme, una estampita de Sarita Colonia, un recetario Nicolini, alcohol líquido, alcohol en gel y lo que sobró del pisco de la canasta navideña del 2017.

En los asientos traseros tenemos las bolsas con víveres. Un día antes hicimos las compras: latas de atún, bebidas rehidratantes, galletas de soda y otros snacks. Eso será suficiente. Nuestra nave es un Mitsubishi Galant Super Saloon del 95, timón original, motor 2.0 gasolinero de 16 válvulas, caja de cambios manual de 5 velocidades. Es el primer auto de M. Lo compró a sus dulces 23 y no se imagina vendiéndolo. Si algo falla, él lo repara y el carro sigue andando. Es el carro que manejaba cuando nos conocimos. Es el carro con el que me recoge todos los días del trabajo. Entonces, es natural que sea el carro que nos lleve en esta pequeña aventura para dos.

Para llegar a Rupac tomamos la Panamericana Norte con dirección a Huaral, un tramo de 75 kilómetros que hacemos en hora y media sin complicación alguna. Ingresamos a la ciudad y tomamos un rápido refrigerio en un restaurancito de la zona. Luego caminamos a la plaza central y pedimos información para contrastar la ruta. Nos dicen que para visitar Rupac debemos llegar primero al pueblo llamado La Florida y que eso está a tres horas más. Luego, tendríamos que seguir hasta Pampas por media hora y ahí empezar la caminata. Nos cuesta creerlo. Es mediodía y la procrastinación nos consume. M. decide buscar La Florida en Waze, le marca dos horas. Volvemos al auto, nos abrochamos los cinturones y retornamos al camino. De la plaza de armas de Huaral al desvío y fin del asfalto en el puente Mataca son 55 kilómetros. Desde ahí proseguiremos por una trocha que nos hará sudar frío. Aunque Rupac es parte de la región Lima, se halla a 3580 msnm, por lo que poco a poco iremos en ascenso, atravesando distintos climas y paisajes.

SE SUFRE PERO SE GOZA Y VICEVERSA
Dos horas después, seguimos en la ruta. El camino es más difícil de lo que esperábamos para una experiencia de fin de semana. Existe un solo carril para los vehículos que van de ida o de vuelta, lo que nos hace ir en retroceso en más de una ocasión. Superamos la aversión al abismo prontamente y ya hasta nos resulta gracioso cuando se presenta nuevamente este episodio. Será la música o será que estamos juntos, o será que de pronto una vista alucinante nos transporta a la sierra más recóndita y sentimos que Lima está ya tan lejos que el tiempo se ralentiza y prolonga el entusiasmo en nuestras caras. Pero también la sufrimos. Con optimismo, pero la sufrimos. Sucede que la distancia que separa el auto del suelo no es mucha y nos toca pasar por barro, rocas y charcos tan grandes que el Galant termina hermosamente cochino. Quien lo viera pensaría: ‘Este auto ha vivido’. Son las cuatro de la tarde cuando por fin llegamos a La Florida, 16 kilómetros que parecieron 100.

La Florida suele ser un lugar ‘de paso’ para el turista que se dirige a Rupac. Nosotros decidimos pasar la noche aquí, porque ha oscurecido rápido (parece la seis de la tarde en un día de invierno en Lima) y la neblina es cada vez más densa. Los servicios son básicos. Alquilamos una habitación que en lugar de cortinas tiene los vidrios pintados con esmalte azul oscuro, en un segundo piso al que se sube por una escalera caracol. Henos ahí, sin cable, sin Netflix, sin Wifi. Las conexiones reales son siempre las mejores. Nos contamos historias. Comentamos lo sucedido en el camino. Bajamos a caminar y a pedir que nos preparen una sopa de pollo que nos caliente las barrigas. Planeamos el día de mañana: levantarnos temprano, subir hasta Pampas e iniciar la caminata.

SENTIR LA EXISTENCIA TOTAL DEL CUERPO
Son las seis de la mañana del segundo día de viaje. Afuera de la habitación y de la frazada hace tanto frío que la saliva se congela… bueno, nunca tanto. Pero los guantes y la chalina servirán para sobrellevar mejor el clima de cuatro grados centígrados. Desde temprano M. se ha dispuesto a limpiar un poco el carro. Especialmente el parabrisas y los retrovisores. Calienta un buen rato el motor para evitar que se nos apague en el camino, el Galant es un chico confiable, pero a veces nos juega bromas pesadas. Mientras tanto yo termino de alistar el equipaje y pido un desayuno ultra rápido y ligero: lomo al jugo y café. M. me mira de reojo como mentándome la madre con cariño y yo le sonrío y le ofrezco la mitad de mi plato; él está obsesionado con que el tiempo no nos alcanzará, pero yo sigo masticando parsimoniosamente el menjunje de carne con tomates.

Para las siete, ya somos nuevamente piloto y copiloto. Pampas es la segunda parada y queda a 9 km en ascenso, trayecto que nos toma poco más de 30 minutos, siguiendo un camino afirmado. A esa hora el tránsito vehicular es más notorio, los turistas llegan en camionetas, autos y combis, todos de ida. El último tramo es un poco aparatoso, el camino se torna más empinado, felizmente tenemos tracción en las cuatro ruedas. En Pampas dejaremos el carro, es un sitio seguro y el punto de partida oficial para el trekking.

Empezamos a caminar por el sendero de tierra que se abre sobre la montaña. Todo a nuestro alrededor es verde en distintos tonos e intensidades, matizado con algunos colores salpicados por pequeñas flores silvestres. Hemos avanzado unos pocos metros cuando nos topamos con una cascada. Luego, un pequeño puente. Luego, el curso del agua entre las piedras. Nos parece un buen comienzo, el sol nos acompaña y el paisaje nos impresiona. En total tendremos que caminar 6 kilómetros de ida y vuelta, ejercicio que finalmente nos tomará 6 horas. Sí, hemos hecho un kilómetro por hora, haciendo algunas paradas para fotografiar y algunas otras, para recuperar el aliento.

A medida que nos aproximamos al complejo arqueológico de Rupac, la temperatura desciende y la niebla asciende. Tanto, que parece que estuviéramos caminando en la representación cinematográfica de un sueño. Las piernas se fortalecen, los pulmones se ensanchan y hasta los meñiques de los pies se manifiestan a pocos pasos de llegar al punto en el que divisamos el primer conjunto de casas que conforman el famoso complejo urbanístico conocido como ‘El Machu Picchu limeño’.

Ubicado en el distrito de Atavillos Bajo, provincia de Huaral, región Lima; el recinto arqueológico de Rupac está conformado por 51 edificios de los cuales 28 se conservan en buen estado. La ciudadela data del año 1200 d. C. y sobresalen sus majestuosas construcciones de piedra con una altura aproximada de 10 metros. Una vez en el lugar, nos metemos entre sus estrechos pasajes para observar a detalle las casas, tocar las lajas de sus paredes y sentir la mística que envuelve al lugar. Permanecemos al menos una hora transitando en el conjunto y luego comenzamos el trekking de regreso a Pampas. Para las cuatro de la tarde somos nuevamente piloto y copiloto. El cansancio está justificado. La felicidad es un músculo atrofiado que recupera con encanto su sensibilidad. Viajar es hacer conexiones emocionales con el camino.

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