Para llegar tan alto: lagunas safunas

Qué bonito es poder detenerse en la ruta, dejarse extasiar por las posibilidades del camino. Aunque el objetivo de este viaje sea visitar las lagunas Safunas en la Cordillera Blanca, disfrutamos aquello que nos obsequia el trayecto: un campo de ají seco, una basílica en un pueblo escondido, las costumbres de los pobladores de Áncash, entre muchos otros detalles que te contamos en este nuevo capítulo de Perú Descubre.
Texto y fotos: Karina Valcárcel

No será fácil. Es bueno que lo sepas desde el principio. Para replicar esta aventura necesitarás harta resistencia al frío, a los mareos y a la altura, cero temor a la oscuridad y gran sentido de la orientación.
Partimos un lunes a las ocho de la mañana. Camino a la Panamericana Norte el tráfico no ha sido tan crítico como pensábamos. La neblina ha tomado consistencia en esta época del año y atravesamos algunos tramos donde la visibilidad se dificulta. Más allá, los cañaverales empiezan a aparecer a los bordes de la vía. Doscientos kilómetros después hemos llegado al punto de desvío a Huaraz, cruzamos la autopista 16 PE y avanzamos entre los vistosos cultivos de la hacienda Paramonga. Recorremos un trecho de 35 kilómetros más desde el desvío y realizamos nuestra primera parada. Acá suceden dos cosas: primero, se puede distinguir claramente el paso de un clima a otro, como si alguien hubiera trazado una línea divisoria perfecta entre el blanco plomizo de las nubes y la cálida luz del verano que convierte el cielo en un manto celeste. Es precisamente dicha luz la que nos lleva al segundo avistamiento: una pampa coloreada por miles y miles de ajíes puestos a secar bajo el sol; rojos, anaranjados, marrones y verdes. Descendemos de nuestra Mitsubishi Montero Sport para indagar por el lugar. Sobre la arena reposan los frutos colorados dispuestos por los pobladores de la comunidad campesina de Shaura. Acá parece no haber nada más que ají y perros guardianes, pero no tarda en llegar un camión con algunos pasajeros que descienden para empezar el proceso de volteado. Los medianos productores se dedican a la actividad del secado en estas áreas compartidas, la cual se realiza de dos a tres días después de la cosecha. Los ajíes se sitúan en filas sobre el suelo y se dejan bajo el sol por cinco días más. Pasado ese tiempo, se procede a un primer volteado con el fin de reducir la aparición de hongos o plagas. En adelante los volteos se harán cada tres días; el proceso total para la obtención del ají panca dura, aproximadamente, un mes. Hacemos varias tomas de esta parte del camino, nos dejamos dorar la piel, mientras un grupo de gallinazos sobrevuela el área.

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Continuamos nuestra aventura. Paramos a almorzar en un restaurante de carretera, un comedor sencillo donde nos sirven arroz a la cubana. El camino es tranquilo, siempre bien asfaltado y sin mucho tránsito. Los paisajes confortan la mirada. Destacan grandes formaciones rocosas, columnas basálticas cuya formación corresponde a un proceso de millares de años y que indica que, probablemente, en algún tiempo hubo actividad volcánica en esta zona. Para las tres de la tarde ya estamos a 325 kilómetros de nuestro punto de partida y al pasar por la laguna Conococha, en el camino del Callejón de Huaylas a Chiquián, decidimos detenernos otra vez. Pese a la presencia del sol y su aparente calidez, al descender de la camioneta la piel se nos eriza. Estamos a 4,050 msnm y es necesario ponerse nuevamente casaca, chalina y guantes para que el viento helado no te cale hasta los huesos. Esta parada es ideal para realizar avistamiento de aves, al menos tres tipos distintos se aprecian sobre las azules aguas de esta cocha. Desde ahí podemos ver a la distancia el nevado Caullaraju, tan solo un anticipo de lo que encontraremos en los próximos días de viaje.

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Mientras tanto, cumpliremos lo planeado para hoy: pasar la noche en el pueblo de Chacas.
No es tan simple. Verás, para llegar a este punto tenemos que atravesar el Parque Nacional Huascarán y el túnel Punta Olímpica.
Llegamos a la ciudad de Huaraz a las cinco de la tarde. Hacemos algunas compras para el campamento que nos tocará armar al día siguiente y también buscamos un lugar para cenar. Desde ahí tendremos que recorrer otros 120 kilómetros hasta Chacas con dirección noreste. Dos horas nos toma llegar al desvío en Carhuaz, proseguimos por la ruta Carhuaz-Shilla y en breve estamos a puertas del parque nacional. Se ha hecho de noche. Afuera todo es oscuridad, lejos del alumbrado público se pueden ver las estrellas, es como si a Dios se le hubiera derramado el frasco de escarcha. Nos detenemos un rato para ser parte de esta postal cósmica. El camino que sigue es una vía afirmada con varias curvas, pero no tarda en aparecer nuevamente el asfalto. Habrá que tener mucho cuidado con el desprendimiento de rocas y las fallas geológicas de la carretera.
Llegamos al ingreso del Punta Olímpica, a 24 kilómetros desde el puesto de control de Parque Nacional Huascarán. Avanzamos lento, estamos en el túnel vehicular más alto del mundo (4.735 msnm), que perfora el nevado Ulta de la Cordillera Blanca. Las luces neblineras de nuestra Mitsubishi Montero Sport nos ayudan con la visibilidad. Algo chorrea del techo y cae en el parabrisas. Es el agua de algunas estalactitas que han empezado a derretirse. Son como enormes colmillos, pareciera que estamos entrando a la boca de un feroz animal que, en lugar de engullirnos, nos perdona la vida y solo nos muestra los dientes en un gesto en el que se confunden la amenaza con la dócil sonrisa. Así, durante los 1,384 metros de su extensión. Y ahí no acaba el día. Dos horas más transcurrirán para llegar a Chacas, lugar en el cual descansaremos por hoy. Ha sido un día largo, el cuerpo pide detenerse.

ACAMPAR EN LA NADA
Cantan los gallos en la provincia de Asunción, distrito de Chacas. Hace no mucho estuvimos por acá, pero en aquella ocasión el clima no estuvo a nuestro favor. En cambio hoy hace una linda mañana. Nos toca iniciar la travesía hacia el Alpamayo, dado que en esa dirección están las lagunas que andamos buscando. Salimos a las diez de la mañana, nos hemos distraído haciendo fotos de la iglesia principal y de la plaza porque la luz está precisa y preciosa. Tomamos la carretera Chacas-Acochaca, la cual inicia con una trocha dura de aproximadamente 300 metros, le sucede una pista asfaltada bordeada por eucaliptos. En San Luis –23 kilómetros después– nuevamente nos toca trocha dura.

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Ahí nos desviamos a Pomallucay para visitar el Santuario del Señor de la Justicia. Alberto –compañero y guía que ha visitado anteriormente esta zona– insiste en que es algo que no debemos dejar de ver. Es así que ascendemos por casi 9 kilómetros con dirección norte desde San Luis. Por la geografía de la zona, la entrada es un poco accidentada; cambiamos a modo 4×4 y nos enfrentamos al camino. A 2.5 km de la vía principal es que se encuentra la plaza. Una iglesia de altas murallas nos deslumbra, de arquitectura maciza y basilical. Sí, es el Santuario del Señor de Pomallucay –conocido localmente como Señor de la Justicia– construido por los sacerdotes italianos y voluntarios de la Misión Matogrosso durante las últimas décadas del siglo XX. Dicha catedral recibe la visita de fieles durante todo el año, en especial en época de Semana Santa y para la fiesta de la Cruz en el mes de septiembre. Techado con teja andina, en su interior destacan las imágenes religiosas clásicas, talladas en finas maderas, así como las columnas con acabados en mármol que sostienen el techo abovedado. Su portón principal fue trabajado por artesanos de Chacas, en él se puede apreciar la imagen de Jesucristo flanqueada por dos ángeles. El silencio del lugar es remarcable. El sol es intenso y si no fuera porque en el centro se ha instalado una vendedora de raspadillas, podríamos creer que hemos ido a parar a un pueblo fantasma.
Retornamos a la vía Acochaca-Yanama. Para el mediodía hemos llegado al puente Llacma y seguimos avanzando camino a Pomabamba, donde almorzaremos o cenaremos según el tiempo que hagamos. Desde ahí avanzaremos hasta Palo Seco, Collota, Huillca y Safuna. En ese orden. Son las cuatro de la tarde cuando llegamos a Pomabamba, conocida también como la ciudad de los cedros, 160 km o 5 horas desde Chacas, más una que nos tomó la visita al santuario.
Aprovechamos para estirar las piernas, comer algo y revisar nuestro equipo. Carpas, colchonetas, bolsas de dormir térmicas, lámparas, audacia, curiosidad, resistencia, todo está ahí. Lo que viene después es duro. Entre las seis de la tarde y la medianoche nos la pasamos transitando por los caminos más críticos que he conocido en todo este tiempo de viajes. No hay señales, no hay luz y rara vez aparece uno que otro poblador o una que otra combi, como enviados del cielo, momento que aprovechamos siempre para preguntar por la ruta y cerciorarnos de que vamos bien. Avanzamos por un camino sinuoso, algunas veces nos topamos con los ojos brillantes de las vacas que pastan en la oscuridad, algunas se cruzan en el camino. La escena es siempre extraña. Al cruce de Palo Seco llegamos en dos horas, 25 km desde la ciudad. Luego, el paso ubicado en el punto más alto de la ruta, a 4,315 msnm o aproximadamente 47,5 km desde Pomabamba. Vamos tres horas de viaje y, por cierto, andamos avanzando sobre un pedazo de tierra donde ya no existen los senderos. Felizmente, Alberto ha estudiado la zona y ha estado hace poco por estos lares. Continuamos en dirección oeste y llega el momento de atravesar un río. Él ya me había advertido de esto.
No logramos hallar la parte del terreno que nos permitiría pasar al otro lado. Descendemos de la camioneta para revisar los alrededores. Caminamos con un frío de 5º C, iluminando la tierra con nuestras linternas. Llevamos un buen rato de esta manera, pero felizmente aparecen dos niños, forman parte de la única familia de campesinos que ahí habita. Nos indican por dónde es que debemos de cruzar y ya, este es el último obstáculo a superar antes de llegar al sitio donde acamparemos: un lugar que en algún tiempo fue una laguna glacial y que ahora es un área algo pantanosa, cubierta de un pasto agreste, con grietas y surcos por los que se filtra el agua del río. Henos aquí, en medio de la nada, iluminándonos con los faros de nuestra SUV y las lámparas ya mencionadas para poder armar la carpa.
No lo vemos, pero estamos rodeados por montañas y nevados. La energía nos alcanza apenas para preparar una sopa instantánea e ir a dormir.

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A las seis de la mañana la lluvia nos despierta. Nuestro sueño ha sido tan pesado que ha aplastado cualquier intento de pesadilla. Salimos de la carpa y, efectivamente, estamos rodeados por los cerros, que a su vez están rodeados de una gruesa capa de niebla. No logramos ver los picos, el cielo es un bloque en el que se intercalan diversas intensidades de plomo.
Para este día –el último de nuestra aventura– tenemos proyectado llegar a la laguna Safuna Alta, ubicada al pie del nevado Pucahirca. Cruzamos nuevamente otro trecho del río y ascendemos todo lo posible con la camioneta. La vía es pedregosa, subimos unos 400 metros y continuamos a pie. La caminata es larga, en total nos tomará una hora y media a ritmo pausado. Una de las dificultades será atravesar una serie de arbustos que bloquean el ingreso, habrá que tener especial cuidado para no rasgarse la piel o la ropa. No tardamos en avistar la primera de las lagunas, llamada Safuna Baja, con un área de 151,182 m2, a 4,275 msnm y con casi 13 metros de profundidad. Sus aguas presentan una coloración verdosa con presencia de pigmentos minerales.

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Para llegar a nuestro objetivo final tendremos que atravesar un túnel que formó parte de un proyecto hidroeléctrico abandonado. Caminamos despacito a través de dicho conducto para no resbalarnos. Vemos la luz al fondo, vamos hacia ella. En menos de cinco minutos ya estamos del otro lado. Recomendamos salir con cuidado porque la plataforma del otro extremo es estrecha y no hay ningún otro lugar sobre el cual posarse. Decir que Safuna Alta es una laguna hermosa es muy poco. Estamos a 4,360 metros de altura, frente a un repositorio de agua de 84 metros de profundidad y si te caes no hay quien te salve.
El nevado completa magistralmente la escena. Pese a que no contamos con las mejores condiciones de luz, nos animamos a hacer unas cuantas capturas fotográficas.
Todo lo demás será mera contemplación y un sentimiento prolongado de satisfacción al saber que valió totalmente la pena viajar y viajar si es que la recompensa es un recuerdo como este.

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