Taytacha Qoyllur Rit’i

En travesía de cuatro días, visitamos Cusco para asistir a la festividad del Qoyllur Rit’i, una celebración que data de la época de los incas y que originalmente celebró a los apus y al inti, divinidades de los antiguos peruanos. Hoy en día el panorama de esta fiesta, así como las motivaciones de los peregrinos para ascender a lo alto de la montaña, han cambiado mucho.

Escribe: Karina Valcárcel / Fotos: Alberto Caferatta y Karina Valcárcel.

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Húmeda y nebulosa, la ciudad de Lima nos ve partir nuevamente. Toca iniciar este viaje un domingo por la mañana. En la Costa Verde, más de un choque vehicular nos indica que la fiebre de sábado por la noche fue lamentablemente extrema. Salimos por la Panamericana Sur, sabiendo que nos espera un largo, largo camino; sin embargo, vamos animados por la idea de ser parte de un evento tan importante —además de sorprendente— como es la fiesta del Qoyllur Rit’i. Nuestra Mitsubishi Montero Sport nos garantiza todas las comodidades que podamos demandar para el recorrido de esta edición.

La mañana transcurre sin mayores complicaciones, atravesamos algunas zonas de neblina, poco antes del mediodía pasamos por Cañete y nos detenemos en Ica a la hora del almuerzo. Para hoy tenemos previsto pasar la noche en Abancay y arribar temprano hacia Cusco. Una de las ventajas de contar con nuestro propio vehículo es tener control absoluto de nuestro ritmo de viaje, es así que si cruzamos por un paraje interesante, podemos detenernos para el debido registro, también permitirnos uno que otro breve desvío y luego continuar sobre la marcha. Es de este modo —dadas algunas distracciones por los bonitos paisajes con los que cuenta Perú— que recién llegamos al desvío Abancay-Cusco a las 6 pm, esto es en el kilometro 450 de la vía, e ingresamos por la 26 A. Dejamos atrás Hualhua, Chuquimaran y el paso por Pampa Galeras nos pilla de noche. El cielo despejado deja ver todas esas estrellas que la luz de nuestra ciudad suele ocultar. Afuera la temperatura desciende. Iniciamos un trayecto serpenteante, curvas cerradas que nos invitan a transitar con cautela y a aminorar la velocidad. Entramos a Puquio cerca de las 9 pm, hemos avanzado 605 km desde Lima y al parecer no lograremos llegar a Abancay, un contratiempo del vértigo nos obliga a detenernos y reposar nuestros cansados cuerpos. Pernoctamos en Chalhuanca, capital de Aymaraes, departamento de Apurímac. Es medianoche y solo queremos dormir.

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Amanece en Chalhuanca. Es un día soleado, así que caminamos por los alrededores en busca del desayuno. Pasamos por sus estrechas callecitas y bajamos hacia la plaza. Conversamos con algunos lugareños, quienes nos señalan que esta ciudad es agropecuaria y minera, conocida por su patronal del Señor de las Ánimas y las aguas termales llamadas ‘Baños de Pincahuacho’. Abastecemos nuestros estómagos y luego, el tanque automotor; dejamos el lugar a las diez de la mañana. Avanzamos por la 3S, con dirección a Abancay, 120 km en 2 horas, y de Abancay a Cusco se suman 4 horas más para un trayecto de 187 km. La carretera se encuentra en buenas condiciones y bien señalizada, el tránsito es moderado, con presencia tanto de particulares como transporte urbano e interprovincial. Como suele pasar en esta parte del país, vacas, cerdos, burros y ovejas se cruzan de rato en rato en el camino. Ingresamos a la ciudad de Cusco poco antes de la puesta de sol, la emoción de por fin haber llegado nos embarga.

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UNA FIESTA DE ALTURA
Durante la cena, Alberto Caferatta —compañero, guía en el camino— y yo hacemos repaso de todo lo que necesitamos para emprender nuestro ascenso al santuario. Asistir al Qoyllur Rit’i implica acampar en el cerro en condiciones de frío extremo y a gran altura. Debes saber que necesitarás una buena carpa, bolsas de dormir de pluma (ya que son las que mejor conservan el calor) y mucha energía para transitar por los 8.5 km que te llevarán al santuario ubicado al pie del nevado Qulqipunku en la rinconada de Sinak’ara, cerca de los 5,000 msnm, en la comunidad campesina de Mahuayani, distrito de Ocongate. Sí, todo eso.

Desde el centro histórico de Cusco hasta Mahuayani son 127 km en vía asfaltada, un tramo que nos toma casi tres horas. Es medianoche, estamos a mitad de camino y la cantidad de vehículos que van en nuestra misma dirección no es poca: buses, combis, autos, motos; todos van sobrecargados, esto nos da un adelanto de la multitud que encontraremos al llegar al lugar. Hasta aquí llega la ruta en nuestra Mitsubishi Montero Sport, que se ha portado bien durante los dos primeros días de viaje. Buscamos una cochera para que pase la noche y luego nos disponemos a alquilar algunas mulas para la subida.

La una y media de la madrugada marca el inicio de nuestra peregrinación. Hace tanto frío que además de polo, chompa, casaca, chalina, guantes y chullo, tengo que envolverme en una manta polar cual si fuera un tamal antropomorfo y colocarme una manta más encima. Toda ataviada me monto sobre la pobre mula que tendrá que ayudarme a llegar a lo alto del apu. No siento los dedos de los pies.

La luna que nos alumbra está increíble, es redonda, enorme y blanca y no deja de velar por nosotros. Algunos pensarán que a esta hora el camino está despejado. Nada menos cierto. La multitud no ha cesado: hombres, mujeres, niños, ancianos, todos van con hidalguía y encima a pie; parando en cada una de las cruces que se hallan en las estaciones del camino. A nuestra izquierda, el río y la quebrada. El paraje es estrecho, hay que ir con cuidado.

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ORIGEN, RITO Y MITO

Declarado Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad desde el 2011 por la Unesco, la fiesta del Señor de Qoyllur Rit’i se prolonga durante tres días en los que se realizan actividades como procesiones y danzas. La fecha varía entre los meses de mayo y junio debido a que se rige por el calendario andino. Este año el día central se celebró el 24 de mayo.

Sobre el origen de la festividad se trazan varias teorías. Algunos afirman que esta tradición data del tiempo del incanato, esto se basaría ‘en menciones que algunos cronistas hacen del Ausangate como una wak’a a la que los incas ofrecían sacrificios’. Suena coherente deducir que la peregrinación está dotada de un carácter ritual hacia la naturaleza, las comparsas no solo van a rendirle homenaje a la figura cristiana del Señor de Qoyllur Rit’i, sino que además van a alabar al sol y a pedir por un buen año para sus cosechas. De otra parte, tiempo después con el ingreso de la religión Católica, se convertiría en una festividad religiosa avalada por el mito de Marianito Mayta: se dice que en 1780 un niño de nombre Manuel apareció frente a Mariano Mayta, un pequeño pastor quechua, en el nevado Qulqipunku. Prontamente se hicieron amigos. Cuando el padre de Mariano fue a buscarlo se dio con la sorpresa de que el rebaño que venía pastoreando su hijo había aumentado. En premio, quiso regalarle a Manuel ropas nuevas, que tuvieran la tela original del atuendo que este siempre vestía. Fue Mariano quien iría en busca del material para confeccionar la ropa, portando una pequeña muestra. Sin embargo, no logró encontrarlo, ya que se trataba de un tipo de tela muy fina que solo se usaba para la indumentaria de altos sacerdotes católicos y para vestir santos. Cuando esta noticia llegó a oídos del párroco de Ocongate, el sacerdote Pedro de Landa, se organizó una comitiva entre autoridades de la iglesia, pobladores y curiosos para encontrar al niño Manuel. Fue cuando intentaron capturarlo que se produjo el milagro: Manuel se transformó en imagen sobre una piedra y Mariano murió en breve. La imagen se empezó a conocer como el Señor de Qoyllur Rit’i.

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COLORES DISPERSOS SOBRE LA NIEVE
Son las tres de la madrugada del día central de la fiesta. Seguimos ascendiendo. Este año se calcula la presencia de al menos 50,000 personas que vienen subiendo desde hace dos días. Gran parte de esta multitud está integrada por las ‘naciones’, grupos que participan con numerosas comparsas de músicos y danzantes, llegan desde sus pueblos de origen y son ocho en total: Paucartambo, Acomayo, Quispicanchi, Anta, Canchis, Paruro, Tawantinsuyo y Urubamba.

Es fundamental en la peregrinación el rol de los danzantes. Se ejecutan alrededor de 100 bailes distintos, en señal de alabanza y festejo. El Consejo de Naciones Peregrinas y la Hermandad del Señor de Qoyllur Rit’i son los encargados de establecer reglas y códigos de conducta. Para mantener el orden están los ‘pabluchas’ o ‘ukukus’, personajes vestidos con trajes hechos de coloridas lanas que flotan sobre el viento y máscaras tejidas con las que se cubren el rostro a manera de pasamontañas. Llevan además un chicote que no dudarán en usar si cometes una falta durante el culto.

En el camino observamos múltiples carpas que sirven como puestos de comida al paso. En ellas se ofrece chicha de jora, pescado frito, gelatinas y otras meriendas para los más fatigados. Tampoco faltan los vendedores de alasitas —término aymara traducido como ‘cómprame’— que invitan a adquirir miniaturas de casas, edificios, automóviles e incluso fajos de dinero y títulos universitarios. Las alasitas tienen gran demanda por los visitantes, los cuales las depositan en las estaciones del camino o incluso en el mismo santuario, a manera de pedido.

Llegó el momento de bajar de la mula. Las 4:30 am es la hora en la que empezamos a buscar un espacio para armar nuestra carpa. El terreno está saturado, pero nos abrimos camino y logramos encontrar un pedacito de tierra. Pensamos: ‘Hay que descansar un poco, total, llevamos casi 24 horas sin dormir’, pero entonces una comparsa empieza a calentar su baile al costado nuestro. Los vemos de cerca, sus trajes son bellos, brillan en la oscuridad que poco a poco empieza a tornarse de ese azul intenso que caracteriza al amanecer. Empiezan su marcha y los seguimos emocionados. Caminamos más alto todavía y llegamos a la plataforma de concreto donde empiezan con su danza. El cansancio desaparece, el sueño, el hambre y el frío se van. Nos quedamos contemplando, registrando con nuestras cámaras la mística escena, algo que repentinamente nos ha regalado una bella energía. Poco a poco y a medida de que se acerca el alba otras comparsas hacen lo suyo. Los fieles peregrinos están haciendo cola para ingresar al santuario. Los ‘pabluchas’ vigilan todo para que nadie se cuele en la fila. Los danzantes empiezan a representar las contiendas, se agarran a latigazos, resisten el dolor, brincan, corren, hacen pirámides humanas, cantan. Antiguamente, los ‘pabluchas’ bajaban del nevado cargando un bloque de hielo sobre la espalda, a este hielo se le confería poderes de sanación e incluso —cuando se convertía en agua— servía para regar los cultivos esperando así buena producción y cosecha.

Luego de oficiarse la misa, los ‘qhapaq qolla’ —que representan a un ser mitad hombre, mitad llama— empiezan con su canto típico para despedirse y pedir la bendición al taytacha: “Adiós, adiós, compañeros míos; hasta el año entrante”, dice su tonada. Nos quedamos con este momento, el corazón se desborda y nos unimos al himno de despedida, hasta una próxima edición de Perú Descubre.

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