Ricas montañas

En una ruta variopinta, en la que atravesamos desiertos, valles, quebradas y montañas nevadas, recorrimos Áncash para culminar en la impresionante laguna de Purhuay.

Escribe: Karina Valcarcel

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Nuevamente nos encontramos saliendo de Lima por la Panamericana Norte. La plomiza capital nos despide con el tránsito de costumbre y unos rayitos de sol que a las justas alcanzan para guarecer el alma. La travesía que emprendemos comprende el paso por distintos lugares del departamento de Áncash, iniciando en Huarmey para continuar por Aija, Huaraz, Carhuaz, Chacas y Huari. Pero, previamente, decidimos hacer un alto en la ruta y visitar Bandurria, un recinto arqueológico poco conocido de Lima, específicamente en la ciudad de Huacho. Es así que abordamos nuestra Mitsubishi Montero Sport, siempre lista a atravesar todo tipo de caminos, subimos un poquito el volumen de la radio y tomamos la carretera que nos conducirá a nuestro destino.

PRIMERA PARADA: BANDURRIA

Luego de dos horas de viaje llegamos a Bandurria, cuyo desvío de ingreso se halla en el kilómetro 141 de la Panamericana N, 10 km al sur de Huacho. El cielo aún está nublado, el viento corre fuerte y nos despeina. Avanzamos algunos kilómetros con nuestra camioneta sobre una pista de tierra, por no más de diez minutos, y descendemos.

La vista que nos recibe es la de una larga franja de agua rodeada de junco, totora y carrizo. Se trata de un humedal dividido en dos albúferas, sobre el cual sobrevuelan algunas aves que a lo lejos parecen líneas que se ondulan y se sumergen en el agua, para reflotar a los segundos, empapadas y satisfechas. En el horizonte –al fondo de este humedal– se distinguen las olas del mar rompiendo sobre la arena de Playa Chica. Es precisamente el humedal en mención el culpable del descubrimiento de Bandurria, y es –curiosamente– un ave lo que le da nombre al lugar. Vamos a ordenarnos.

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Corría el año 1973 cuando se produjo una innundación a causa de una filtración proveniente de la irrigación Santa Rosa (el humedal), las aguas que arrasaron parte de la pampa sacaron a la luz restos importantes. A simple vista parecía tratarse de unos extraños objetos de forma ovoide. ¿Huevos de dinosaurio?, se preguntarían los pobladores de la zona; el ingeniero Domingo Torero sería quien diera la voz de alerta de tal hallazgo. Fue este ‘accidente’ la semilla del futuro descubrimiento, luego se develaría que aquellos objetos eran más bien momias. El material arqueológico fue rescatado y se empezó el estudio de la zona, investigación que estuvo a cargo de la doctora Rosa Fung hasta 1977. Literalmente, la pampa fue lavada. El resultado –hoy por hoy– es un complejo arqueológico de 23 hectáreas, perteneciente al Período Precerámico Tardío, 3225 años a.C. Nos alejamos de la vista del humedal para acercarnos hacia las pirámides truncas y escalonadas, sobre un camino por el cual transitó el ferrocarril Lima-Huacho, entre 1911 y 1964. Resulta enigmático pensar en los distintos escenarios y sucesos que ocuparon este mismo territorio en épocas tan distantes.

Una vez en el lugar, lo primero que llama nuestra atención son las plazas hundidas que se encuentran al pie de las edificaciones. En ellas se realizaban sacrificios humanos. Aquí se hallaron restos de tres mujeres, siendo el único caso reportado de ceremonias de tal naturaleza en dicha zona. Estudios posteriores han arrojado que Bandurria fue en realidad un centro urbano, quizá articulado al resto de sitios monumentales de la costa norcentral, como por ejemplo Vichama, Áspero, Caral, etc. Representa además una muestra de urbanismo y civilización en aquella remota época. El sitio se encuentra dividido en dos sectores: el de ocupación doméstica y el de arquitectura monumental, ambos pueden ser visitados por el público en general. Actualmente, el proyecto se encuentra bajo la dirección de Alejandro Chu Barrera y aún se trabaja para su puesta en valor.

La mañana y parte de la tarde se nos fue en la visita a Bandurria. Hay tanto por aprender y conocer, que quedamos fascinados y con ganas de volver. Pero, el viaje continúa. Pasamos la noche en Huarmey, 150 kilómetros al norte, pasando Huaura, Supe, Barranca (donde paramos a almorzar), Paramonga y Las Zorras, un tramo que nos toma dos horas y media más. Al día siguiente partimos temprano con el objetivo de llegar esa noche a Huaraz.

HACIA HUARAZ POR OTRA SENDA

Dejamos la parte árida del paisaje ancashino para arribar hacia los valles. Hemos decidido la carretera Huarmey-Aija-Recuay desde el kilómetro 0, una vía bordeada por cultivos de espárrago, yuca, maíz, maracuyá y algunos árboles frutales de papaya y mango, entre otros. Es esta variedad del paisaje lo que nos mantiene pegados a las ventanas. En el kilómetro 42 de la carretera en mención se termina el asfalto, justo coincide con el desvío: San Miguel a la derecha o Aija a la izquierda. Tomamos la zurda, una trocha dura que no cuenta con señalización. Esto no es problema para la Montero Sport de Mitsubishi, cambiamos a modo 4×4 y proseguimos sin inconvenientes. La vía solo permite el paso de un vehículo a la vez, se podría decir que es de un solo carril para ambas direcciones, no nos cruzamos con ningún otro vehículo durante todo este tramo. Paramos brevemente en la quebrada del río Huarmey para hacer algunas capturas fotográficas. A los 39 kilómetros de viaje nuevamente transitamos por una carretera más suave de tierra afirmada.

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Llegamos a Aija, llamada también ‘La Perla de las Vertientes’, justo para el almuerzo. Un plato de sopa, un guiso y un vaso de chicha nos devuelven las energías. Nos adentramos al pueblo, que luce quieto. El clima es seco y soleado, aunque a veces nos sorprende una brisa fría. Descendemos a la plaza central a pie, el camino luce tan típico como cualquier otro de la sierra. Ya en la plaza, nos acercamos al mirador, que nos brinda una panorámica brillante, llena de árboles y vegetación, bajo el manto celeste de un cielo claro. El busto de un personaje llama nuestra atención, se trata del científico Santiago Antúnez de Mayolo (1887-1967), personaje ilustre de la ciudad. Cuando nos disponemos a ascender, pasamos por la iglesia principal. La puerta está abierta, así que entramos.

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Quién diría que lo que encerraban aquellas magras paredes de adobe sería de un contraste tan colorido y vibrante. Nos quedamos un ratito impactados al vernos dentro de una iglesia donde amarillo, rosado, celeste, verde, dorado, melón, entre muchos otros colores, se encuentran y aminoran ese clima solemne que suelen tener estos lugares. Las iglesias de Lima –en mi opinión– son un poco lúgubres, en cambio esta parece haber sido decorada por un grupo de niños. La construcción del templo Santiago Apóstol de Aija data del siglo XVIII y es considerado Patrimonio Cultural de la Nación desde el 2000. Tanto los altares como la imaginería resultan desbordantes, pero son dos objetos los que queremos destacar. El primero es una cruz de aproximadamente nueve metros de altura, denominada ‘Cruz Calvario’, muy similar a las cruces de camino, sobre ella se pueden apreciar distintos símbolos de la vida, pasión y muerte de Cristo. El segundo, es la campana principal, la cual hemos buscado a insistencia de Alberto Cafferata –nuestro sensei y guía en este viaje– porque, según nos cuenta, vendría a ser algo así como la partida de nacimiento del santuario. Después de explorar todos los rincones posibles (por al menos veinte minutos) y cuando estamos a punto de tirar la toalla, se nos ocurre revisar debajo de las escaleras del altillo. Es ahí, entre el polvo y la oscuridad, que surge su silueta curvada. La iluminamos con una linterna y obtenemos el registro, lleva inscrito el año 1788. Contentos por esta recopilación de sensaciones, por esta breve victoria, volvemos al camino para seguir con el viaje.

***

Son las 3:40 de la tarde cuando atravesamos el abra Huancapetí, ubicada a 4,300 msnm en la Cordillera Negra. Este es el punto más alto entre las ciudades de Huarmey y Huaraz, además de uno de los ingresos al Callejón de Huaylas. Ofrece una preciosa panorámica del macizo sur de la Cordillera Blanca. Es en este camino que nos sorprende un arcoíris doble, nos detenemos a observarlo. A las 6:15 pm, 40 kilometros después de Aija, pasamos por Recuay e ingresamos a la ciudad de Huaraz a las 7:00 de la noche. Somos bienvenidos por la lluvia.

ENTRE NEVADOS Y LAGUNAS

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Es nuestro tercer día de viaje, hoy toca madrugar. Partimos rumbo a Carhuaz poco antes de las seis de la mañana. Son 33 kilómetros desde el centro de Huaraz. El objetivo es llegar esta noche a Huari.

Avanzamos por la carretera 3N. El Huascarán o Mataraju se alza grandioso en la distancia, sus tres picos –cumbre norte, cumbre sur y Chopicalqui– lucen brillantes y cubiertos de nieve. Llegamos a Carhuaz minutos antes de las 7 am y paramos a desayunar. El nombre de esta ciudad proviene del quechua ancashino ‘Qarwash’ y alude al color amarillo de la flor de retama, que abunda en el lugar. Desde la plaza mayor distinguimos el nevado Hualcán. En esta provincia se encuentra el túnel Punta Olímpica que conecta con el pueblo de Chacas y también la entrada al Subsector Ulta del Parque Nacional Huascarán (PNH); ambos, partes de nuestra ruta. Tomamos la carrereta Carhuaz – Shilla. El ingreso es por una de esas trochas duras a las que ya nos acostumbramos. La autopista presenta zonas de derrumbe y sectores erosionados, hay que avanzar con cautela. Luego de 29 kilómetros, paramos en el puesto de control del PNH para hacer el pago respectivo por el ingreso. A medida de que avanzamos con la camioneta sentimos más frío y más cercanos los nevados, todo el camino nos maravilla.

Veinticuatro kilometros después llegamos a Punta Olímpica, que atraviesa la Cordillera Blanca, cuenta con una longitud de 1,384 metros y es el túnel vehicular más largo y alto de Perú: se ubica a los 4,735 msnm. Al mediodía paramos en Chacas para almorzar una suculenta trucha acompañada de sopa de quinua.

Chacas es un distrito de la provincia de Asunción, popular en la zona por ser un importante centro artesanal y acoger a una numerosa comunidad de ascendencia italiana. Aquí funciona la organización ‘Don Bosco’, cuyo fuerte es el tallado en madera y la vitrofusión. Alrededor de la plaza, casitas con balcones republicanos minuciosamente decorados alegran la vista. En su centro no hay monumento ni pileta, tan solo un llano verde que sirve de escenario para fiestas, así como para corridas de toros y carreras de cinta a caballo, uno de los pocos lugares de nuestro país en los que aún se practican estas costumbres. La iglesia del lugar o Santuario de Mama Ashu es de visita obligatoria si se está en Chacas por su exquisita arquitectura que se complementa con los decorados del portón principal sobre el cual se halla un gran vitral circular. La paz y belleza de este lugar invita a quedarse, pero aún falta llegar a Huari y a Purhuay. El tiempo apremia, así que arrancamos.

De Chacas a Huari son aproximadamente tres horas y media más; sin embargo, nos toma un poco más de tiempo ya que en el camino nos topamos con la laguna Huachucocha, en la provincia de Carlos F. Fitzcarrald.

***

Son las 6:30 pm y ya oscureció en Huari. Pasamos la noche aquí y otra vez toca levantarse al alba. Es nuestro último día de viaje y no queremos irnos sin navegar en kayak. Para hacerlo, tenemos que retroceder hasta Acopalca, 6 kilometros antes del ingreso a Huari. De ahí se toma una senda transversal de 7 km, la vía es de tierra afirmada y cuenta con señalización. La laguna Purhuay se extiende por 3 km, tiene una profundidad aproximada de 130 metros, sus aguas son de color azulino verdoso y se encuentra rodeada de plantas nativas de la zona, como quenual, ichu, aliso, y también orquídeas como la flor de Huagancu, etc. Se puede acampar en sus orillas, así como navegar en kayak y realizar caminatas. Una vez acá, ya flotando sobre este espejo de agua, con la primera luz del día posándose en nuestros rostros, sensaciones de gratitud y calma nos llenan.

Gracias a la vida.

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