La vida tranquila

Una brisa lenta bate las copas de las altas palmeras de la ciudad de Oxapampa. En la plaza los lugareños transitan en moto, en un paseo cotidiano. Al caer la noche los puestos del centro abren al público y ofrecen golosinas, aretes, imanes y otros suvenires.

Escribe: Karina Valcarcel

Este parece ser un lugar ideal para conocer con la familia. Realizamos un recorrido para descubrir la historia y tradición de las ciudades vecinas de Oxapampa y Pozuzo.

Ya conocemos el camino (ver Automás 223). De Lima a Oxapampa son 390 km de asfalto hacia el noreste peruano, de nueve a diez horas siguiendo la Carretera Central. A cuatro horas y media de camino pasamos por Ticlio y cruzamos La Oroya, tramo que se caracteriza por la presencia protagónica de camiones de carga que van y vienen de las minas aledañas. Este año El Niño ha hecho de las suyas y muchos tramos de esta autopista principal han sido afectados, por ello antes de iniciar el viaje es bueno informarse sobre el estado de la ruta y tener en cuenta los pronósticos del clima, ya que hasta hace poco se registraban temperaturas de 40 grados en Oxapampa, pero además intensas lluvias ocasionaron huaycos y desbordes en el camino. La mejor época para realizar este viaje –en condiciones regulares- es entre junio y setiembre. El GPS también será un artilugio bastante útil ya que la ruta no cuenta con una señalización precisa al cien por ciento.

A los 310 kilómetros de viaje ya estamos en la soleada La Merced. De ahí en adelante la ruta continuará por San Luis de Shuaro y luego, al llegar al puente Paucartambo, donde por cierto puedes aprovechar para comprar tamales, hay que girar a la izquierda siguiendo la carretera 5A. En menos de una hora las verdosas montañas nos darán la bienvenida.

PAMPA DE PAJA

Dan las cuatro de la tarde en la cálida Oxapampa, nombre que proviene del quechua ‘ocsha’, en español, ‘paja’. Desde el ingreso a la ciudad se puede apreciar vistosas casas de estilo austro-alemán, una arquitectura residencial típica de la zona, en su mayoría constituidas íntegramente de madera. La región se caracteriza por su variedad cultural y geográfica, con diversidad natural y, por ende, paisajística. Aquí habitaron y aún persisten comunidades Asháninka-Yaneshas, así como descendientes de los primeros colonizadores.

Iniciamos un tour a pie con una visita a la Iglesia Santa Rosa, la cual data de 1940, una sola nave rectangular coronada por un techo a dos aguas. En su interior nos encontramos con un Cristo hecho todo en madera. Curiosamente, este templo santo está hecho de la madera de un árbol conocido como ‘Diablo Fuerte’, ironías de la vida. A poco pasos, nos encontramos con la Casa Müller, destacada por ser una de las pocas que sobreviven desde el año 55 en el Centro Histórico. Para apreciar en pleno a la ciudad, nos dirigimos al mirador ‘Princesa Niche’, a solo dos cuadras de la plaza principal. Recibe dicho nombre ya que desde el puente Villar –lugar donde está ubicado el mirador- se llega a apreciar una formación montañosa que los lugareños asocian con la figura de una mujer tendida, la leyenda narra que se trata de una princesa yanesha.

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Volvemos al centro para abordar nuestra Mitsubishi Montero Sport porque nos cuentan que en el distrito vecino de Chontabamba se puede apreciar la esencia de la naturaleza y agricultura de Oxapampa. El camino se hace lento por un tipo de tráfico muy especial, constituido por grupos de vacas que van con paso cadencioso y que en ocasiones se detienen a pastar. Hasta la plaza no debería ser más de media hora en la camioneta, pero debido a nuestras bovinas amigas recorremos a paso de tortuga los diez kilómetros que nos separan.

El circuito a Chontabamba nos permite pasear por barrios tradicionales, incluyendo el condominio Alpental, donde se halla el ‘Maibaum’ o ‘Árbol de mayo’, una suerte de poste que se erige en sus 30 metros de alto para homenajear a la naturaleza, la historia, costumbres y arquitectura de la zona. Nos cuentan que en Chontabamba conviven comunidades yaneshas y familias dedicadas a la agricultura y, en menor medida, a la artesanía. Más adelante en el camino visitamos la fábrica de productos lácteos ‘Floralp’, la más grande de la región, acá se podrá degustar variedad de quesos y yogures frutados. Vale recordar que Oxapampa se distingue por ser una región ganadera y cafetera, así que encontrará varios comercios que ofrecen carnes, quesos y otros productos lácteos de gran calidad y precio económico.

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VÁMONOS AL NORTE

Al día siguiente nos dirigimos a Pozuzo. El tramo que separa ambos lugares es considerado de riesgo, ya que tiene precedentes de desprendimiento de carretera. Lo recomendable es hacer este viaje mientras permanezca la luz del sol. Hay que avanzar con cautela por una pista de tierra afirmada, con breves intervalos de trocha. Son 75 kilómetros los que tendremos que recorrer con nuestra Montero Sport. El paisaje que encontramos en la vía es de gran belleza: montañas cubiertas por el verde manto de la vegetación, cielos celestes y caídas de agua son algunos de los atractivos que presenta la ruta. A momentos, el río Huancabamba se deja ver desde lo alto y en ocasiones un poco más de cerca. Inclusive, a mitad del camino, se puede apreciar la formación del río Pozuzo, que viene a ser la confluencia del Huancabamba con el río Santa Cruz, aguas de distintas tonalidades que empiezan a correr a la par.

Más adelante nos detenemos un instante para sacar algunas tomas de una catarata que nos llama la atención. Se trata de Yulitunqui, cuyas aguas caen en dos tiempos y se prestan para refrescarse un rato en el camino, aprovechamos para mojarnos los pies. Para llegar desde Oxapampa a Pozuzo se atraviesa un tramo del Parque Nacional Yanachaga Chemillén, materia de una crónica publicada anteriormente. Dos horas después, por fin estamos oficialmente en Pozuzo.

El calor nos embarga. A diferencia de Oxapampa, el clima de Pozuzo resulta más húmedo y por momentos, agobiante. La solución para tal temperatura la hallamos en una juguería cercana a la plaza, en este local nos ofrecen un jugo de quito quito, un fruto redondo -típico de la zona- que se asemeja tanto a un níspero como a un tomate. El brebaje verdoso y espumante nos refresca y nos revitaliza, es así que emprendemos nuestro tour por el lugar. Recorremos a paso lento el parque La Colonia. Es extraño encontrarse con ese gran barco en el medio de la plaza, una suerte de homenaje a los colonos que llegaron tras un largo periplo desde el puerto de Huacho hasta estas lejanas tierras. Cuenta la historia que tras firmar un acuerdo en el gobierno de Ramón Castilla para el fomento de la inmigración alemana con fines de poblar la selva de Perú, la fragata ‘Norton’ arriba hacia nuestro país con un nutrido grupo procedente del noroeste del Tirol (Austria) y la región alemana del Rhin. El destino previsto para estos migrantes sería la confluencia de los ríos Pozuzo y Huancabamba.

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LA MEMORIA DE LOS OBJETOS

La segunda parte de esta historia es un tanto penosa. Un grupo importante de colonos moriría en el camino, otro grupo desertaría, tras dos años de abrirse camino llegarían a Pozuzo solo algunas familias, sobre la cifra exacta no se ha llegado a un acuerdo, se estima que unas 200 personas conformaron la primera población ‘evangelizadora’, porque de hecho nativos del lugar ya ocupaban ese territorio cuando llegaron los visitantes alemanes. Para preservar la memoria histórica de los fundadores de la ciudad tal como la conocemos ahora es que se crea el Museo Schafferer.

Ubicado en la avenida de Los Colonos, la otrora casa Betania aloja esta cápsula del tiempo. Un museo de sitio se ha montado en este recinto que anteriormente funcionó como la Iglesia San José y la escuela Kitz y que en la actualidad –tras una cuidadosa restauración- resguarda las pertenencias de la primera generación de colonos: planchas de hierro, máquinas de escribir, cámaras fotográficas, cacerolas, escopetas, hiladoras de madera, radios, entre otros tantos objetos mediante los cuales se narra la historia de este pueblo. En sus paredes encontramos una cronología que detalla la migración y fundación de Pozuzo. A pocos pasos también nos encontraremos con la Casa Cultural y la Casita Tirolesa, ambas rodeadas de bonitos jardines, árboles y orquídeas.

Como pueden ver, Pozuzo ofrece -entre otros circuitos- un escenario ideal para el descanso, así como para compartir tiempo en familia y disfrutar del paisaje y el aire limpio, a la vez que nos permite aprender un poco más sobre los distintos episodios que conforman la historia de Perú y que nos sirven para apreciar su multiculturalidad.

Acá termina nuestro recorrido, hasta una nueva edición de Perú Descubre.

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