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Retornar a lo natural

Tingo María
Por: Karina Valcarcel

Naturaleza y adrenalina en Tingo María

Decir que el Perú es más grande que sus problemas es una frase que día a día se acerca más a una realidad palpable. Los tingaleses lo saben. Tras una larga lucha contra el narcotráfico, que azotó la zona durante al menos una década, hoy Tingo María resurge, da la bienvenida al turismo, revela sus múltiples tesoros naturales y se prepara para recibir a sus visitantes en las próximas Fiestas Patrias.

Es allá hacia donde vamos. Un viaje de al menos trece horas que hacemos con gusto porque el frío de la capital nos tiene un poco enfermos. Partimos de Lima un día domingo a las cinco de la mañana, porque evitar el tráfico a la salida para la carretera Central es siempre un sacrificio inteligente. Viajamos a bordo de la All New Forester de Subaru, una espaciosa y cómoda SUV, ideal para la aventura; algo que se comprueba a medida que avanzamos por las altas curvas que nos llevarán hasta nuestro destino final.

Poderosa. Más de 1000 kilómetros recorridos en ida y vuelta, por pista, trocha, agua y barro. La Subaru Forester demostró una performance impecable.

Línea roja, por favor no modificar

Son 537 kilómetros los que nos separan de la ciudad de la Bella Durmiente, yendo por un camino asfaltado casi en su totalidad. Las condiciones de la carretera en el primer tramo del viaje son aceptables, en comparación a lo que vendrá más adelante. Vamos manejando a buen ritmo, en pocas horas atravesamos Chaclacayo, Matucana, San Mateo, Chicla. Seguimos subiendo, para llegar al pico clásico de esta ruta: Ticlio, también llamado abra Anticona. Pasamos sin problema alguno por su altura de 4818 msnm y proseguimos por la PE 22 hasta La Oroya, donde tomaremos la 3N o Longitudinal de la Sierra Norte. Este primer tramo nos ha tomado 6 horas para 183 kilómetros de camino, haciendo algunas paradas fotográficas y la respectiva para el café carretero.

Recuerda que los tiempos son variables y que dependen del tránsito de vehículos de transporte de carga pesada, condiciones climáticas y día y hora en la que se inicie el viaje; entre otros factores.

La segunda parte del viaje nos presenta un asfalto en mejor estado y menor presencia de tractos y camiones, sin embargo habrá que moderar la velocidad en los centros poblados y en especial cuando se transite en las cercanías de la Reserva Nacional de Junín. Esta parte del camino te regala vistas del lago Chinchaycocha y el paso por el parque de la maca en Huayre, famoso por la inmensa y surreal escultura del prodigioso alimento de las altas mesetas de los andes peruanos; es decir, la maca. Acá puedes detenerte un ratito para estirar las piernas y tomar la foto del recuerdo, de hecho será una buena captura para tu álbum viajero.

De La Oroya a Cerro de Pasco son 128 kilómetros de distancia, que se pueden hacer en dos horas y media. Si la altura no ha generado estrago alguno en tu organismo o en el de tus acompañantes, entonces puedes parar y almorzar. Claro, algo ligero nomás, recuerda que seguirás viajando por un serpenteante camino. El último tramo para nuestro primer día de viaje continuará por la 3N, pasando por Chicrín, Ambo y Pillco Marca hasta llegar a la ciudad de Huánuco. Acá pernoctaremos; ya se ha hecho de noche y es mejor prevenir y descansar.

Y POR FIN LLEGAMOS
Luego de un necesario descanso en Huánuco, nos despertamos a las cinco de la mañana del lunes para volver a colocar nuestras cosas en la maletera de la Forester y hacer el último tramo para llegar a Tingo María. A medida que avanzamos por la ruta 18 A, reafirmamos la sensación de haber hecho lo correcto al no transitar por esta parte de la carretera durante la noche. La autopista presenta desniveles, el asfalto no se encuentra en buen estado, hay zonas con badenes y partes de la vía están parcialmente destruidas. El reciente sismo de epicentro en Sauce ha afectado un tramo de esta ruta, sin embargo sorteamos todos los obstáculos y más adelante, el verde del paisaje y la salida del sol acogedor, nos recompensa. El cambio de temperatura se hace más nítido cuando atravesamos el túnel de Carpish, punto de quiebre entre el clima seco y frío de la sierra y el tropical de la selva alta, a 2707 msnm. Desde ahí, el paisaje será de un verdor maravilloso, con ligeras nieblas enredadas entre los bosques tropicales.

El río Huallaga nos hará compañía en la última hora del trayecto. Tres horas nos tomarán los 116 kilómetros que separan Huánuco de Tingo María.

Una vez en la ciudad, tomamos el desvío que nos lleva a Castillo Grande, cruzando el puente Corpac, ahí nos espera nuestro lugar de descanso y base de operaciones para los próximos días: Villa Jennifer.

Villa Jennifer: Alojamiento Ecológico Rural Km 3.4, Monterrico, Carretera Castillo Grande

Línea roja, por favor no modificar

DE CUEVAS, MIRADORES Y CASCADAS
Lo primero que hacemos después de ‘desembarcar’ –cuatro maletas, caja de provisiones y equipo audiovisual– es dar un paseo por las instalaciones de Villa Jennifer. Este es nuestro primer contacto con la naturaleza: caminar por los senderos que nos conducen entre inmensos árboles frutales hasta llegar al río, todo ello sin salir del hospedaje.

Luego volvemos a acomodarnos en la Forester para cruzar nuevamente el puente y caminar por la alameda Perú, donde se encuentra la plaza de armas. Nuestro guía nos da prontamente el alcance y empezamos el circuito que comprende visita a la cueva de las lechuzas, parada en el mirador de Jacintillo y cierre en la cascada de Santa Carmen.

Tomamos Ucayali y José Olaya para salir a la carretera 18 A y en breve tomamos la 14 A, rumbo al distrito de Mariano Damaso Beraun, provincia de Leoncio Prado. Manejamos cerca de 7 kilómetros y llegamos al ingreso del Parque Nacional Tingo María. Acá habrá que dejar la camioneta y pagar los tickets de ingreso. Una vez adentro, caminamos un poquito y llegamos a la famosa cueva; pero, no son lechuzas lo que venimos escuchando desde hace un rato, sino la escandalosa presencia del guácharo. Si aún no lo sabías, pues ahora lo sabes: no hay lechuzas en la Cueva de la Lechuzas. El origen de su nombre deviene de la popularización del término, los pobladores confundieron al Steatornis caripensis (es decir, el guácharo) con otra ave nocturna (la lechuza). Con el paso del tiempo y el estudio de la flora y fauna se descubrió que era el guácharo el habitante de esta enorme gruta y que aquel sonido que se escucha a metros de distancia es un sistema de orientación por ecos similar al sonar; así que no te asustes.

Lo que si hay –y en abundancia– son insectos. Yo, que tengo fobia a las cucarachas, casi me desmayo cuando nos señalaron una de color blanco. Toda blanquita, parecía hecha de piedra de huamanga, pero igual de intimidante que las marrones que encontramos más adelante. También hay abundantes escarabajos negros, murciélagos de fruta que transitan o dormitan entre las enormes estalactitas y estalagmitas del lugar. El guía nos señala con la luz de su linterna algunas y nos dice: “Esta tiene la forma de un cristo crucificado y más allá, está una virgen orando de rodillas”. Con tal condicionamiento de la mente, hasta nosotros logramos ver las celestiales imágenes de piedra. No hay que negar que tiene su encanto.

Salimos del lugar, no sin antes hacer las fotos de rigor y contemplar el paso de su río subterráneo. También aprovechamos para tomar agua de coco con cañita de bambú y probar los deliciosos helados artesanales de camu camu, aguaje y cocona.

Volvemos sobre nuestros pasos y ya en la carretera nos detenemos en el mirador de Jacintillo. Hemos regresado 3 kilómetros y medio por la 14 A para divisar la unión de los ríos Huallaga y Monzón; es esta convergencia el origen del nombre de Tingo María: ‘Tingo’ proviene del vocablo quechua ‘tinku’ que expresa el encuentro de caminos o de ríos. ¿Y María? Bueno, hay varias versiones, la que recibimos cuenta que en la época previa a la creación de su toponimia, existió una mujer llamada María que se encargaba de recibir y brindar alimentación y cuidados a los viajeros que pasaban por esa zona.

***

Ahora toca ir a la catarata Santa Carmen. Desde el mirador hasta el punto de inicio de la caminata existen casi 11 kilómetros, de los cuales uno y medio son de trocha dura. Ello no representa un problema para la Forester, pasamos sobre roca y barro y avanzamos por el estrecho camino que nos llevará hasta nuestro último destino del primer día. Eso sí, habrá que tener cuidado durante el manejo. El trayecto no te tomará más de media hora, volviendo hacia la ciudad y tomando la 18 A con dirección sur.

El caserío Santa Carmen cuenta con un acondicionamiento rural para el parqueo y cobro por ingreso a la catarata. Así que dejamos la camioneta y empezamos a avanzar a pie hacia la caída de agua. No es un camino muy exigente, pero será necesario el uso del repelente, así como unas zapatillas con suela antideslizante para evitar resbalones. En el camino cruzarás algunos puentecitos que se han colocado en la ruta para facilitar el acceso. También, partes escalonadas.

Llegamos a la base de la catarata, o segunda caída, donde se forma una poza de poca profundidad en la que los visitantes pueden refrescarse. Nos entusiasma mucho el paisaje, las formaciones rocosas hacen que el agua cristalina se disperse en múltiples hilos y nos brinda una postal inolvidable. Sin embargo, el guía nos indica que la caminata debe continuar en ascenso para tener otra vista de Santa Carmen, aquella que nos permitirá apreciar el velo de agua en toda su magnitud.

Como quien dice ‘a la vuelta de la esquina’ llegamos al punto y claro, la emoción aumenta, percibimos toda la fuerza de la caída de este cuerpo acuoso de 30 metros de alto. Con mucha paciencia y venciendo el temor a la caída, vamos de roca en roca hasta la parte que nos acerca más a la catarata y ahí se acaba nuestro día, con una sonrisa de oreja a oreja por la experiencia y conocimiento adquiridos.

VIDA Y MILAGROS DE UNA LAGUNA
Para el segundo día hemos planeado conocer la Laguna de los Milagros. Dicho así, parece simple, y claro, lo será si es que solo te atreves a llegar hasta la laguna. Pero en realidad ese será el escenario para el trekking más bravo de este viaje y aún más; pero, vamos por partes.

Amanece en Tingo María y los rezagos de la lluvia de la madrugada se sienten en la oscuridad de la mañana, a lo que se añade una ligera sensación de frío. Si algo me ha enseñado el viajar tanto es que cuando llueve, es mejor no apresurarse a salir de casa. En especial si es en búsqueda de la aventura. Es así que esperamos a que aclare un poco el día y salga el sol para secar las autopistas. Son cerca de las 10 y media cuando arrancamos la Forester y nos vamos al encuentro de nuestros amigos de Pukka Shungo, operador confiable para la práctica de canopy y rápel.

Ellos han diseñado un circuito muy completo para llevarnos el mejor recuerdo de Tingo María. Antes de empezar con el itinerario del día dos, queremos ir al mirador de La Cruz, también conocido como mirador San Cristóbal, para tener la vista completa de la Bella Durmiente. Paramos brevemente en ese punto –nos queda de camino a la laguna– y accedemos a su cúspide de 3456 msnm, en el distrito de La Unión, a través de una escalera de altos y numerosos peldaños.

Seguimos. Desde el mirador hasta la laguna avanzamos por 22 kilómetros con dirección a Pueblo Nuevo. Tal y cómo suponíamos, la carretera muestra pequeños derrumbes que se han producido durante la noche. Avanzamos por la 18 A y en la rotonda tomamos la segunda salida con dirección a la carretera Fernando Belaunde Terri o ruta 5 N y continuamos durante 7 kilómetros. Desde ahí habrá que avanzar nuevamente por una trocha dura durante poco más de un kilómetro y dejar la camioneta a buen recaudo.

La laguna está rodeada de restaurantes turísticos y algunas plataformas de madera que sirven para tomar el paseo en bote. Además, en medio de sus aguas, divisamos algunos palafitos por los que curiosearemos más adelante. Una vez en el punto de partida del trekking somos recibidos por Vitelio y Luis, los hermanos Cenepo Pinedo, quienes nos guiarán por la denominada ‘Ruta del Ayahuasca’.

Pukka Shungo: Asociación eco-turística Km 22 Carretera Fernando Belaunde Terry

Línea roja, por favor no modificar

Con el fin de mostrar la diversidad botánica del cerro Belén, la asociación Pukka Shungo ha creado una ruta de trekking a través de los bosques primarios y secundarios de esta zona. El primer sendero nos llevará por un conjunto de cuevas en las que se realizaba la práctica ancestral del ayahuasca por curanderos y chamanes. En el camino veremos dicha planta, una liana de fibras retorcidas cuyo nombre se ha interpretado como ‘soga de los espíritus’ o ‘soga de los muertos’ ya que, según la cosmovisión amazónica, el consumo de esta planta permite que el espíritu deje el plano corpóreo sin que el sujeto pierda la vida. También veremos la chacruna, componente psicoactivo utilizado en la preparación del brebaje.

Además de estas especies de uso místico, podremos encontrar una gran variedad de heliconias, así como árboles de huayruro, cedro, palmeras, cacao, entre otros.

En algunas partes de las cuevas visitadas podremos ver tallados que los antiguos chamanes de la zona realizaban en alegoría a la fertilidad y a la mitología de esta parte de la selva alta. Son tres horas de caminata, con pequeñas paradas fotográficas y expositivas.

El segundo sendero es el más arduo. Es el que nos conducirá hacia el mirador conocido como ‘El beso del viento’. El trekking es en ascenso y de gran exigencia. Aunque técnicamente el tramo es más corto, nos tomará dos horas, haciendo paradas para recuperar el ritmo habitual del corazón. Llegar a la punta del cerro Belén vale totalmente el cansancio y el calambre, la vista desde este último mirador es la mejor que hemos tenido en todo nuestro viaje. La paz que se percibe es única.

***

Ahora toca el descenso y lo haremos con el estilo que nos caracteriza: a través de un grueso cable de metal que cruza la selva de canto a canto. Hablamos del canopy, el cual ha sido habilitado con todas las medidas de seguridad del caso. Su extensión es de un kilómetro y toma poco más de un minuto llegar hasta el otro extremo. Aunque esta práctica no es nueva para mí, me resulta especial por tratarse de mi primera vez en un escenario tropical. Lo bueno de contar con experiencias previas, es que disfruto mucho más y puedo gozar del paisaje, libre de miedo o ansiedad.

De vuelta a la falda del cerro, decidimos dar un paseo en bote por las aguas de la Laguna de los Milagros. Visitamos el palafito en el que funciona el museo amazónico. Ahí, una colección de objetos nos cuenta la historia de los antepasados de los habitantes del actual caserío.

Volvemos al bote y nos dirigimos a otro palafito donde nos esperan deliciosos juanes de gallina, el tacacho con cecina y una jarra de cocona heladita. Ha sido un día largo y hermoso, lo hemos disfrutado hasta el final. La tarde cae en la laguna, las primeras estrellas empiezan a reflejarse en sus aguas.

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