PERÚ DESCUBRE

Descubre algunos de los lugares más hermosos del Perú y encuentra los consejos para planear tu próximo viaje.

Lima secreta

Lima
Por: Karina Valcarcel

Rapaz

Si te contara que existe un lugar tan alto que casi alcanza los 4 mil metros sobre el nivel del mar, rodeado de montañas recubiertas de tonos intensos de verde, donde el cielo azul enmarca unas nubes perfectamente blancas, ¿pensarías que hablo de Lima?

Nuestra querida Lima con su cielo panza de burro no es la única Lima que existe; de hecho, es tan diversa que guarda en sus lugares más remotos una belleza comparable a los mejores escenarios de la sierra de Perú. Una de estas lejanías lleva el nombre de San Cristóbal de Rapaz, localidad de la provincia de Oyón, la cual visitaremos en esta nueva edición de Perú Descubre.

Son las siete de la mañana de un jueves y atravesamos a bordo de nuestra Hyundai Santa Fe el tráfico lento y pesado que se forma a la altura del aeropuerto Jorge Chávez. Nos dirigimos a la Panamericana Norte, a la cual lograremos acceder cuarenta minutos o 23 kilómetros después. Nos mantendremos en esta vía por los próximos 67 kilómetros y luego, a la altura del óvalo Río Seco, tomaremos el desvío con dirección a Sayán, a la altura del kilómetro 103 de la ruta 1N, ingresando por la denominada 1NE, una pista asfaltada y en buenas condiciones.

Pasamos el kilómetro 13 de la vía y empezamos a notar los efectos del Niño Costero. Se han señalizado los tramos afectados por las lluvias; sin embargo, no se ha comenzado la labor de restauración. Son evidentes las huellas del paso violento del río, que se ha desbordado y arrastrado ramas y montones de arena que aún se encuentran desperdigados por el camino. Para las diez de la mañana la carretera cambia y se convierte en una vía afirmada encerrada entre contrafuertes andinos, que se prolonga por un kilómetro. En líneas generales, la primera parte del camino es sencilla, solo habrá que tener cuidado en las zonas en reconstrucción, las que no son tantas.

Hemos recorrido 132 kilómetros cuando llegamos a Andahuasi y conectamos con la ruta PE 18, conocida como la carretera Huaura-Pucallpa, una vía transversal de penetración que atraviesa los departamentos de Lima, Pasco y Ucayali. Por aquí ingresaremos a Sayán: nuestra primera parada.

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Sayán, distrito de Huaura, es conocido como La Tierra del Eterno Sol, un apelativo que le viene bien esta mañana ya que el cielo luce despejado y radiante. Nuestro propósito aquí es claro, visitar la dulcería Lumbre y conocer la iglesia del lugar. El primero de los sitios en mención es un emblemático establecimiento que funciona desde el año 1904, conocido por todos los lugareños y en los alrededores debido a la variedad y calidad de sus dulces. Entramos al local, una casa antigua y bien conservada, en cuyas paredes cuelgan retratos y condecoraciones. La vitrina muestra camotillos, machacado de membrillo, bizcochos, higos rellenos y los populares alfajores, el dulce por excelencia en todo Sayán. Cuenta la historia que fue doña Santos Vargas viuda de Lumbre quien iniciaría el negocio familiar e inventaría el alfajor sayanés con el objetivo de sostener económicamente a sus hijos. Hoy atiende su bisnieta, Lucila Roldán, quien nos recibe con una sonrisa y una bandeja del famoso confite.

A pocos pasos de la dulcería, en la misma plaza de armas, se encuentra la iglesia de San Jerónimo, declarada Monumento Histórico de la Nación en 1986. La fachada es sencilla, un bloque de tono rosáceo escoltado por dos torres y un techo abovedado, sin mayores ornamentos. Desde adentro se aprecia mejor el vitral que conmemora a su santo patrón. La iglesia data de la época de la Colonia, pero tuvo que ser reedificada a raíz de un incendio ocurrido en 1890. Destacan también la imaginería y el altar del lugar.

Seguimos nuestra ruta. Salimos de Sayán con dirección a Churín, dejamos la PE 18 en Tingo y tomamos el desvío a la derecha con dirección a Huacahuasi por una carretera afirmada durante los siguientes 24 kilómetros, hasta llegar a Picoy. Acá realizaremos una parada más.

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Nos ha tomado siete horas llegar a Picoy desde Lima, cinco y media, si descontamos el tiempo que permanecimos en Sayán. El trayecto ha sido interesante a los ojos; los paisajes de esta parte del departamento de Lima nos obsequian cadenas montañosas, verdor, flores, árboles y ríos. Ubicado a 2,850 m.s.n.m., el centro poblado de Picoy pertenece al distrito de Santa Leonor, provincia de Huaura. Destacan los baños termales y algunos centros de recreo en sus alrededores. Posee ruinas arqueológicas como Chaurin y Shahualgayan, informan los vecinos del lugar. Bajamos de la Santa Fe para caminar un rato por la plaza central. No tardan en aparecer vendedoras, algunas ofrecen miel de abeja; otras, chicha de jora. Nos deslumbra la fachada de su pequeña iglesia, probablemente el atractivo principal de la zona. La iglesia San Bartolomé de Picoy es un edificio colonial que data del siglo XVII, una construcción estilo retablo que se encuentra en perfecto estado de conservación. Vale la pena la parada.

Proseguimos por la misma vía con dirección a nuestro destino último: San Cristóbal de Rapaz. Allí visitaremos la tercera iglesia del viaje, la más importante de esta crónica y por la que hemos emprendido este periplo. Además, veremos el quipu más grande del que se tiene registro, pero eso se los contaré más adelante. Entre Huancahuasi y Rapaz te encontrarás con la cascada Escalón, una caída de agua de gran belleza, ideal si lo tuyo es la fotografía de paisajes. Esperamos arribar a Rapaz, a 12 kilómetros desde Huancahuasi, a las tres y media de la tarde.

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Rapaz se ubica a 4,000 m.s.n.m., la comunidad se encuentra en el denominado Cerro Calvario, frente a la quebrada Turumanya. Son pocas las personas que vemos a nuestro ingreso, más que nada obreros y campesinos que nos miran con algo de asombro. Parece que por acá no llegan visitantes muy a menudo. Luego de buscar un lugar para pasar la noche, nos dirigimos a conocer la iglesia del lugar.

 

SI MIGUEL ÁNGEL FUERA PERUANO
La iglesia de San Cristóbal de Rapaz ha sido llamada ‘la capilla Sixtina de la sierra limeña’. Remonta sus orígenes a fines del siglo XVI o inicios del XVII, presentando las características propias de las iglesias rurales de la época. Es una iglesia de planta longitudinal de una sola nave, de aproximadamente 22 metros de largo por 5.71 de ancho. Cuenta con tres partes: el coro alto y sotacoro; la nave de fieles y el presbítero. Ambiente anexo al sotacoro es la pequeña caja de la escalera de acceso al coro. La iglesia cuenta con dos ingresos: una portada de pies y la portada lateral. El rasgo más significativo de esta iglesia son sus magníficas pinturas murales y retablos. Es acá donde nos quedamos perplejos, repasando una y otra vez con la mirada los detalles de tantas pinturas, personajes e historias que recubren todo el interior del templo.

Uno de los elementos que más nos intriga es la greca de sirenas, una franja donde se repite al personaje mitológico tocando diversos instrumentos musicales, entre ellos el arpa andina. ¿Qué harían las sirenas en una iglesia? Pues bien, partiendo de la tradición europea, las sirenas representaban la seducción y a consecuencia de esto, la destrucción del hombre, ya que con sus cantos conducían a los individuos a un camino de perdición y muerte. Sin embargo, dentro de la iglesia, estos seres representan el derecho a redimirse y, por ende, a ser parte del reino de Dios, por ello se les incorpora a la iconografía local.

Otras representaciones que se hallan en estas paredes son querubines, arcángeles, esqueletos como símbolo de la muerte, santos, vírgenes, cabezas humanas envueltas en llamaradas de fuego, columnas de flores, peces y escenas de la pasión y muerte de Cristo; todo ello con un trazo inocente y con colores tan vivos que generan una sensación extraña, contradictoria, nueva.

CÓMO COMUNICARSE CON LOS APUS
Luego de visitar la iglesia nos dirigimos a conocer el ‘quipu gigante’, que en verdad se trata de una quiputeca, un conjunto de quipus agrupado en un palo suspensor, de aproximadamente un metro de alto por un metro sesenta de largo. En ellos se narra la historia de San Cristóbal de Rapaz, desde la época prehispánica hasta mucho después de la Colonia. Fue el antropólogo estadounidense Frank Salomon quien dedicaría una minuciosa investigación —iniciada el año 2003— para desentrañar la historia de este místico aparato, pero el primero en reportar la existencia de los quipus y estudiarlos fue el arqueólogo peruano Arturo Ruiz Estrada.

Para acceder a la quiputeca tuvimos que localizar al vicepresidente de la comunidad, el señor Luis Gutiérrez. Es él quien nos lleva a la vivienda denominada ‘Kaha Wayi’ o ‘casa de cuentas’, un lugar que además de resguardar la quiputeca es el centro ceremonial de la comunidad. Acá se realizan ‘mesadas’; todavía quedan los restos de la última de ellas, la cual se hizo para el año nuevo. En estas ceremonias se pide por climas favorables para la cosecha. Otras ceremonias son la de transmisión de mando en la comunidad y el Caccahuay, un ancestral rito de conversación con las montañas en el que el quipu es pieza fundamental ya que es precisamente el instrumento de comunicación directa con los apus.

Algo que nos causó gran sorpresa fue el encontrar representaciones humanas en la quiputeca. Claramente se pueden ver personajes variopintos, hombres y mujeres de telas y fibras coloreadas, hechos en lana de camélidos, pero también con materiales de origen industrial. Esto se debe a que los quipus se continuaron modificando hasta fines del siglo XIX e inicios del XX. Se ha registrado en total 267 objetos en los quipus, pero el número original de quipus —los que no fueron intervenidos a posteriori— es aproximadamente 200.

El quipu fue utilizado desde la época del imperio incaico. A través de sus distintos tipos de nudos y el uso de colores se estableció un orden que hoy se compara al sistema numérico. Otras teorías sostienen que su función no estuvo limitada a la contabilidad, sino que además existió una suerte de ‘escritura’, alguna forma expresiva semejante a la poesía, y que incluso sirvió a manera de memoria colectiva. Ese sería el caso del gran quipu de Rapaz, un documento que guarda las vivencias de los primeros rapacinos y sus antepasados. He ahí su valor y el respeto ganado entre los miembros de la comunidad actual, los cuales lo conservan con gran orgullo y lo siguen utilizando como canal para comunicarse con las fuerzas de la naturaleza. Hasta aquí el viaje.

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