LA REVISTA

No se vende

Febrero 2013
Por: Miguel Unger

escape libre

Antes de participar activamente en la compra / venta de los autos que he tenido el privilegio de manejar, estos simplemente pasaron por mis manos.

Poco o nada tuve que ver con su propiedad; mi relación con ellos se limitaba al uso.

Yo nací en el Perú de los sesentas. Por lo tanto mi primer auto —no podía ser de otra manera— fue un Volkswagen Escarabajo.

Pero no cualquier Escarabajo.

Automotriz Halley, bautizada en honor al esperado Cometa (que nos visitó en 1986 y volverá a hacerlo el 2061, poco antes de mi centenario), lo había pintado “al horno” de color caramelo policromado, con mil destellos como otros tantos astros. Era un acabado excepcional para la época.

El timón era de madera y metal, los aros de aleación (no me pregunten qué aleación) y el tapiz parcialmente en tela. Todo esto, aunque no tenía ningún efecto cuantificable, contribuía a la “performance percibida” (con ese timón y esos aros tenía que ser más rápido).

Era una belleza. La mitad de mis horas libres me las pasaba limpiándolo y la otra mitad, ensuciándolo. Pero siempre con cariño.

Fue el primer auto sobre el cual tuve derecho de piso y jamás lo olvidaré. Pero su venta coincidió con la apertura de las im­portaciones y la llegada a casa —y a mis manos— de un Mazda 323 Hatchback que tenía como mil años de ventaja tecnológica sobre el antediluviano Escarabajo.

Si los pusiéramos lado a lado hoy, sospecho que el Bocho tendría más jale. Pero entonces, el Mazda se lo llevaba de encuentro. Era el futuro.

Así que —como suele suceder cuando caemos para arriba— el golpe no se sintió. Después del Mazda vino otro auto que gravitó al garaje de mi padre: un Renault A5 Turbo del ‘81, Rojo Sangre: el subcompacto más sexy y veloz de su tiempo, sino de todos los tiempos.

El problema del A5 Turbo (1.4 litros, 100 hp y menos de 1,000 kg) era uno de máximas y mínimas.

En primer lugar, la máxima: más de 190 km/h. Velocidad inaudita para un compacto de la época y poco recomendable para un juicioso joven universitario.

El otro problema era la mínima. En este caso, la altura libre al suelo o “luz”, que era como de 11 cm y medio. No recuerdo si el medio era a favor o en contra. Inevitablemente, la caja de cambios recibía cocachos de los rompemuelles y otros exabruptos de nuestras calles.

Uno de esos golpes —el enésimo— fue de muerte. Descendí (esta vez, bruscamente) a otro Mazda, un 323 celeste, comprado de segunda mano a alguien que intentó, con poca suerte y aun menos honestidad, reparar un choque que hoy sería considerado pérdida total.

Me voy a saltar a la garrocha una década para entrar a mi etapa Toyotera.

En el ’97 cayó en mis manos la primera (y creo que la única) Toyota RAV4 corta que llegó al Perú importada por el repre­sentante; después llegaron muchas, pero del Japón, usadas y con “timón cambiado”.

La tuve una ruma de años y con ella me inicié (y hasta me atrevo a decir que me gradué) en el arte y maña del off-road. La vendí “por un puñado de sucios dólares”. No sé por qué, y todavía me arrepiento.

Diez años después cayó en mis manos la FJ Cruiser: cruce de camión con tanque y posiblemente el vehículo más absurdo y uno de los más feos y hermosos de todos los tiempos. Después de 5 años juntos —suficientes para saber que el límite de la capacidad off-road de la FJ Cruiser está en el piloto, y de ninguna manera en el vehículo— acabo de venderla. No me lo perdonaré jamás.

El otro día miré por la ventana de mi oficina y —cosas del destino— allí estaban mis dos camionetas, y ninguna de ellas mía: la RAV y la FJ. Las probabilidades de que coincidieran debajo de mi balcón eran más o menos como las de ganarme la lotería, pero al revés.

Levanté el teléfono y le dije a la recepcionista que no estaba para nadie. De verdad, no estaba.

Tengo un amigo que tiene dinero y ama los autos, aunque no necesariamente en ese orden. Conserva todos los que han pa­sado por sus manos, incluyendo alguno que manejó durante sus años de estudiante en Europa. Todos en perfecto estado. Todos impecables. Todos dónde deben estar: cerca del corazón.

Como en un Toy Story 3, pero con un final aun más feliz.

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