LA REVISTA

Nubenauta

Febrero 2012
Por: Miguel Unger

escape libre

El vehículo más lento del mundo era el bus amarillo del Markham que, irónicamente, llevaba la marca Bluebird, nombre de una legendaria serie de automóviles y lanchas con los que Sir Malcolm Campbell, de profesión: suicida, y su hijo Donald (también), rompieron por lo menos 28 récords de velocidad en tierra y agua entre 1924 y 1963, antes de romperse la crisma.

Nuestro Bluebird ’64 nunca rompió nada, a pesar de que tenía la suspensión de un riel y bancas de metal acolchadas con medio centímetro de esponja amarilla bajo el tapiz de vinilo verde, que tampoco contribuía a la elasticidad del conjunto.

El Bluebird no sólo era el vehículo más lento del mundo. También, el más incómodo.

Todos los baches pasaban de la pista al cerebro, amplificados. Lo que no tenía importancia, considerando el escaso contenido de las pequeñas cabezas que transportaba y, sobre todo, el hecho de que hasta los 14 ó 15, los muchachos somos de jebe.

Nos dan un puntazo en la canilla, con chimpunes o chancabuques, o nos rodamos el acantilado de Barranco en bicicleta.

¿Ambulancia? ¿Emergencia? ¡Nada que ver! Un poco de Merthiolate o Hirudoid, dos curitas, y ya está. Es más, uno de los pasatiempos importantes de los chicos es arrancarse las costras, que son parte del uniforme escolar.

Ni los porrazos más espectaculares tienen consecuencias. Eso creemos, pero la realidad es otra. Todos los golpes que recibimos durante nuestra breve etapa de inmortalidad entran en un estado de latencia, que dura aproximadamente 30 años, y reaparecen con inquina al pasar la barrera de los 40.

Sospecho que mi ciática, igual que la lumbalgia de Franco y la incipiente artrosis de Alfredito tienen su origen —al menos parcial— en las excursiones del anti ergonómico Bluebird.

La más memorable de todas fue la que hicimos a Lachay, en 4º o 5º grado.

Partimos de Lima en abril, cuando las lomas aún no habían florecido, y las encontramos en su apogeo invernal (julio-agosto). Para cuando volvimos, ya casi había terminado el año escolar.

¿Volvimos…?

Digo que este viaje fue memorable a pesar de que no puedo precisar el grado (creo que 5º T, con Mr. Simpson), porque hay escenas y sensaciones que no sólo las recuerdo: cierro los ojos y estoy allí, con la nariz pegada a la ventana del bus, viendo pasar los aterradores barrancos de Pasamayo a vertiginosos 15 km/h.

El Bluebird debe haber gastado unas 4 horas para llegar a Lachay (para un chico de diez años: 4 días): 100 km de Panamericana Norte y un corto desvío que entra en la Reserva.

Vuelvo a cerrar los ojos, y vuelvo:

La puerta del bus se abre en un enorme y descuidado espacio verde, cubierto de rocío. Avistamos la cumbre de un cerro que desaparece en una nube blanca y espesa, con límites perfectamente marcados.

Yo nunca había estado en una nube —tampoco viajado en avión— y me hizo gran ilusión la idea de entrar en una.

Tenía que haber algo en ese recinto blanco. Con otros dos o tres exploradores —Mideiros, Freyre, León— iniciamos el ascenso.

El cerro no parecía gran cosa: lo era. Ahora sé que la cumbre está a 600 metros sobre el nivel del mar, y el parking a 200. Nos demoramos un buen rato en alcanzar la nube, sobre todo, porque nunca la alcanzamos.

Llegamos a la cumbre (ciertamente brumosa, pero no mucho más que el lugar del que partimos) y no encontramos ninguna sustancia tangible donde la habíamos visto, con toda claridad.

Bajamos más rápido de lo que habíamos subido y, para sorpresa nuestra, ¡allí estaba la nube, con sus límites perfectamente definidos!

A cierta distancia, como tantas otras cosas, las nubes parecen ser algo que de cerca no son. Su belleza es inasible.

Fue una epifanía inversa: la primera gran desilusión de mi vida y la semilla de un agnosticismo radical.

Pero que empieza a resquebrajarse.

Acabo de volver de un viaje, también largo, a las lomas de Atiquipa, en la costa de Caravelí, 600 km al sur de Lima.

Son mucho más grandes y espectaculares que las de Lachay. Hasta tienen bosques, y no sólo arbolitos.

Las nubes están allí, como copos de algodón dulce. Quizás un niño pensaría que es posible tocarlas, o arrancarles un pedazo y llevarlo a casa.

No es así. Pero igual, he disfrutado esta visita a “las praderas del desierto” o “bosques de rocío”.

Porque los años no sólo pasan por la columna. Ahora sé que las cosas más importantes de la vida, como esas nubes que refrescan al desierto, no se pueden agarrar con las manos.

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