LA REVISTA

¡A la reja!

Febrero 2011
Por: Miguel Unger

escape libre

Todas las clases tienen su mono.

En la mía era el Mono Perales. En la de mi hermano Juan Pedro, el Mono Chumpitazi. Y en la de Andrés, Broito.

A Javier Diez Canseco, también exalumno del Markham y víctima de una terrible enfermedad infantil, le pusieron de apodo Monopolio: prueba de lo crueles que pueden ser los niños, y posible germen de una virulenta militancia.

Si el hombre desciende del mono en un proceso que se inició hace relativamente poco y que, a juzgar por ciertos individuos que están sueltos (o acuartelados) todavía no ha terminado, resulta natural, incluso inevitable, que una cierta cantidad de niños y hombres-mono formen parte de nuestro entorno social.

De grado o fuerza.

La semana pasada me tocó viajar a Estados Unidos con uno de ellos: el Mono Pérez, hijo de Kike, y de su madre.

Lo digo con todo cariño: el Mono Kike Jr. es un patita bestial.

Me prestó su Nextel como 200 veces durante el viaje (¡espérate a que veas la cuenta, amigo!) y nos reímos de nuestras gracias y desgracias.

La mayor de todas: ser detenidos por la policía y citados a la Corte Superior de El Centro, California, a donde debemos acudir puntualmente el 16 de marzo a la 1 pm para escuchar nuestra sentencia, salvo que logremos convencer al juez de que somos inocentes, lo cual es poco probable.

Porque finalmente es nuestra palabra —la de dos peruanitos faltosos— contra la de un oficial de la muy respetable California Highway Patrol (¡sí: CHiPs, como en la serie de los setentas con Erik Estrada!).

Sucedió así:

Salimos todos juntos de un hangar en la bahía de San Diego: treinta individuos en una veintena de Chryslers nuevos con placas azules de Michigan.

La primera parada del programa: un lujoso kiosco / restorán en medio del desierto de Sonora, en el Parque Estatal de Anza-Borrego.

Autos veloces, de estreno, en una calzada sinuosa y perfecta. Y la ausencia de policías, tan notoria como engañosa.

— Miguel….

— ¿Dime, Mono?

— Dos cositas: ¿todavía tienes mi Nextel?

— Puede ser. ¿Qué más?

— Nada. Que te pegues un poco a la izquierda, porque me voy a asomar por la ventana para filmar a los autos que vienen…

— Ok.

Siempre lo hacemos. En todas las pruebas alguien maneja mientras el otro saca la cámara por la ventana.

El Mono Pérez, haciendo honor a su chapa, saco el torso completo, pie derecho y hasta una media con hueco.

Yo ni me enteré. Hasta que, media hora después, nos paró la policía.

El oficial Lizárraga —bigote delgado, cuerpo ancho, acento charro y un humor de perros— me increpó:

— Licencia de conducir, registro y seguro.

Al Mono:

— Tú, el de la chamarra amarilla: identificación.

Lizárraga regresó a su patrullero echando humo por las orejas. No nos atrevíamos ni a mirar para atrás, excepto por el espejo.

— ¿Qué está haciendo con mi pasaporte?

— Poniéndole bigotes a tu visa, idiota.

Ya habíamos sido informados del motivo de nuestra delicada situación:

En Estados Unidos, los pasajeros deben viajar sentados y con el cinturón de seguridad puesto, y no colgados por la ventana.

A mí me iban a meter a la cárcel. A Kike, al zoológico de San Diego, previo examen veterinario.

— No te preocupes, hermano, he leído que es uno de los mejores del mundo. Tienen osos panda, y monas…

Media hora después (en realidad, fueron 10 minutos, pero parecieron 3 horas) Lizárraga regresó de mejor humor. Pinches periodistas.

— Pos que ustedes nomás se la pasan viajando, ¿no? Y tomando fotos. ¡Qué divertido! ¿Tienen permiso del DMV para filmar?

El Mono, y yo también, a coro:

— No, oficial, pero le juramos por la Virgen de Guadalupe que nunca lo hemos hecho ni lo volveremos a hacer, y que estamos muy, pero muy arrepentidos…

— ¿De qué?

— De haber nacido.

— Pues eso ya está mejor.

De vuelta a su patrullero con nuestros documentos.

— ¿Qué está haciendo?

— Ha prendido un fósforo y está quemando tu pasaporte.

En realidad estaba llenando nuestras infracciones, o más bien: Citaciones.

— Pérez.

— ¿Si, oficial?

— Firme aquí y tenga sus documentos. Al firmar, usted se está comprometiendo bajo juramento a presentarse en la Corte Superior de El Centro, en la fecha que allí se indica. Puede irse.

— No, no puedo.

— ¿Pos por qué?

— Porque él es el que maneja, no yo.

Mono acusete.

— ¿Unger? Firme aquí y tenga sus documentos… Usted se está comprometiendo, etc, etc.

Así de fácil. Total, de Lima a El Centro, Condado de Imperial, California, hay sólo 13,000 km, ida y vuelta.

— Con todo respeto, oficial: ¿no hay otra manera de arreglar esta situación?

Antes de terminar la frase, y con el mismo aliento:

— Por supuesto, dentro de la ley, no vaya usted a pensar…

— ¿Pensar qué cosa?

— Nada, nada… Lo que pasa es que tenemos que regresar al Perú, y volver se nos hace pues, cómo le digo, un poco difícil. Lo que queremos es pagar la multa.

— Pero la multa no la determino yo, sino la Corte Superior. Que tengan muy buenos días, chamacos. Manejen con cuidado.

El oficial Lizárraga se subió a su patrullero y se fue, de mejor humor. Eventualmente, todos nos fuimos.

Yo ya estoy de vuelta en Lima. Tengo mi citación, un papelito amarillo, en la billetera. Debo presentarme a la Corte para ser sentenciado por “llevar un pasajero desamarrado en el auto (unrestrained; léase: sin cinturón)”. Kike tiene un papel parecido: misma fecha, misma hora. Su infracción: “Viajar desamarrado.”

El papelito también tiene un teléfono. Estoy juntando ánimos para llamar: ¿Cuál será la multa por llevar un mono suelto en el asiento posterior de un Chrysler nuevo? ¡Dios sabe!

Con suerte, algo menos que hablar dos horas a Europa por un Nextel en roaming, querido Kike. Así que te perdono.

A ti y a Darwin.

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