LA REVISTA

Lo bueno, lo malo y lo bello

Marzo 2011
Por: Miguel Unger

escape libre

Mi oficina está a 10 km del Aeropuerto Jorge Chávez y 90 minutos de claxon en hora punta.

Somos tres: Cámara, Video y Pluma. Vamos a cubrir 1,200 km de la carretera que une los puertos de Paita, en el Pacífico, y Yurimaguas, en la Amazonía.

Los primeros 1,000 son en avión. Nuestro vuelo sale a las 9 y hemos contratado un taxi para las 5, pero casi no la hacemos.

Como el mártir que le dio su nombre, el Jorge Chávez ha colap­sado.

Es un reloj de arena mojada. Un embudo donde gringos y peruanos se amelcochan en una intimidad forzada y sudorosa.

O de repente es uno de esos programas de turismo vivencial. Porque hacer fila a empellones es más peruano que el cebiche con Salmonella.

La cola de Salidas Nacionales avanza a paso de indigestión y se descompone en media docena de counters de LAN (Monopolio es el nombre del juego).

Estamos a punto de perder el vuelo. Una sargento en uniforme azul y corbatita roja nos saca del embudo, ladrando:

— ¡Pasajeros a Piura! ¡Pasajeros a Piura!

Hemos chequeado por Internet. Así que sólo hay que cambiar de papelitos y entregar el equipaje:

— Señor, tiene mucho peso.

— Es el pan. No consigo dejarlo. Y la mantequilla. También las pastas...

— Son más de 15 kilos.

— ¿Tanto? Le prometo que apenas regrese me meto al gym.

— Me refiero al equipaje.

— También lo voy a meter al gym...

— Qué gracioso. Son 157 dólares con 42 centavos. ¿Efectivo o tarjeta?

¡Chita la payasá!

Pagamos el impuesto de salida y hacemos otra fila (esta vez sin excepciones).

Seguridad confisca siniestras botellas de agua San Luis a medio consumir y cortaúñas con los que un discípulo de Osama, algo desubicado, podría secuestrar un mototaxi y desviarlo, por ejemplo, de Tarapoto a Lamas.

El Airbus aterriza en Piura, pero la mochila del camarógrafo lo hace en Tacna, según nos enteramos varias horas después.

Aunque el viaje aún no empieza, hago el cálculo del promedio para esta primera etapa.

Lima-Piura: 171.62 km/h: casi 900 en el aire, y menos de 2 km/h en tierra, incluyendo las 15 cuadras entre la puerta del Jorge Chávez y el avión.

Pasamos la noche en hotel El Angolo y al día siguiente, atrasados por la mochila, iniciamos nuestro recorrido.

La primera parada es en Yacila, balneario soñoliento y casi desconocido para los forasteros. El mar besa la arena blanca y limpia, sin rayas ni pastelillos. La gente es amable y la cerveza, helada y maravillosa.

— Tengo una sugerencia, Pluma.

— Habla, Video.

— ¿Por qué no nos quedamos aquí?

— ¿Un rato más?

— No. Para siempre.

Una parte de mí (la que no paga pensiones ni seguros) está de acuerdo. La otra, ordena y persuade:

— Ya súbete a la camioneta, broder. Me han dicho que Bagua es casi tan bacán como esto.

— ¿De veras?

Ni yo me la creo.

Atravesamos los Andes por el Abra de Porculla y entramos a Vietnam: amplios arrozales rodeados y montañas cubiertas por una espesa floresta.

Aquí se podría filmar la secuela de Pelotón o Rambo. También, un poquito más abajo, Anaconda 4, con J. Lo y la huasamandrapa de Luis Llosa.

Yo pasé por esta carretera hace varios años, siguiendo las huellas de un explorador peruano-alemán (el énfasis en peruano), Stefan Zimmendorf, que en marzo del 2006 “descubrió” la 3ª catarata más alta del mundo: Gocta.

Fue un viaje espantoso. La carretera no merecía ese nombre, y rompimos el eje delantero entrando a Pedro Ruiz, a unos 20 km de la catarata.

La situación ha cambiado mucho, y para mejor.

A pesar de la incesante lluvia y varios deslizamientos, despejados oportunamente por cuadrillas de trabajadores, llegamos sin mayor retraso a Pedro Ruiz.

Una trocha de 5 km conduce al pueblo de Cocachimba, donde Lluis Dalmau, empresario catalán, ha construido un precioso albergue con un jardín de orquídeas y vista a las cataratas.

El caudal de Gocta cae 771 metros en dos escalones. No es la 3ª del mundo, pero es 14 veces más alta que el Niágara, y mucho más hermosa.

Pasamos la noche bajo un cielo tachonado de estrellas y amanecemos con el olor de pan casero, recién horneado, y la vista al camino de la aventura.

— Floro Monse: ¿podemos quedarnos aquí?

— ¿Un par de días?

— No, para siempre.

No es mala idea. Quizás en otra oportunidad.

Me pregunto si hay forma de hacer coincidir en el tiempo, esas dos frases:

“Para siempre” y “Otra oportunidad”.

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