LA REVISTA

Tres amores

Febrero 2010
Por: Miguel Unger

escape libre

Filipa tiene 26 años y nació en Ciudad del Cabo, Sudáfrica, de padres portugueses. Atlética y bronceada, presiona diestramente mis pantorrillas mientras habla de rinocerontes.

–Fue maravilloso. Estaban a menos de 10 metros de nosotros: un grupo de adultos con dos crías.

–¿Y el ruido del motor?

–No, no… estábamos a pie, en la grama, con el guardaparque y un guía nativo.

–¿No es peligroso?

–No, porque teníamos el viento en contra. Los rinocerontes son ciegos; dependen completamente del olfato.

–Algunas masajistas también.

–¿Dependen del olfato?

–No. Son ciegas.

Antes de iniciar la sesión en el Spa del Real Villa Italia —5 estrellas en la Rivera Portuguesa— Filipa me ha dado a elegir entre cuatro aceites aromáticos.

El de lavanda, dice, tiene propiedades relajantes.

Ahora intenta explicarme las reglas del cricket: el legado más importante del Imperio Británico en África y Asia, después del idioma inglés. Y yo trato de entender qué son los wickets y los bowlers.

El sudafricano de Filipa —un inglés con vidrio molido: legado de los holandeses— se transforma en un murmullo suave, como de arena arrastrada por el mar.

Despierto en una habitación iluminada con velas aromáticas.

Quizás me he muerto y estoy en el cielo; después de todo, ayer visité Fátima, y eso tiene que dar algunos puntos.

Pero Filipa reaparece para comunicarme que la eternidad ha terminado y me pregunta, con genuino interés, qué pienso del sedán que hemos venido a probar en Estoril.

Parece importarle mi opinión, aunque no puedo imaginar por qué:

–¡Magnífico! Respondo, con entusiasmo, aunque todavía no lo he manejado, y su rostro se ilumina con una sonrisa que es el Sol y la Luna.

La eternidad existe: tiene 26 años.

* * * *

Jorge ha cumplido 60, nació en Bogotá y escribe para un importante grupo de diarios y revistas. Su vida está hecha de autopartes: la representación de Ford y Mazda, una escuela de pilotos, competencias de regularidad y rallies históricos, con o sin etapas de velocidad pura, que son las más peligrosas.

–Fue en la Carrera Panamericana del 99, en la zona de Mil Cumbres, llegando a Guadalajara. Una tragedia, oiga usted… una tragedia.

Jorge conduce el nuevo BMW 535 por una cuchilla de asfalto entre el Atlántico y la nada. Maneja rápido y bien.

–La carretera se parecía mucho a ésta, pero con bosques. No bien salía usted de una curva y el sol le pegaba de lleno en los ojos… ¡como ahora! ¡Ve...!

Más bien, no veo. Pero empiezo a entender por dónde va la cosa.

–Delante de nosotros iba un joven, Obregón, con una muchacha muy linda, en un Volvo preparado. Y como quería llegar de primero, Guadalajara siendo su ciudad natal y todo eso, usted comprende…

Comprendo.

–En una curva, sobre el abismo, vimos el guardarriel partido, y pensamos: vaya, alguien se siguió de largo aquí. Cuando llegamos al control nos preguntaron por Obregón, que si lo habíamos pasado. Pues claro que lo habíamos pasado...

–¿Murieron?

–¡Y cómo no! Tremendo coñazo: le dieron de lleno al planeta Tierra.

Jorge frena y sale de la curva pisando fuerte.

–Oiga usted, el torque de este motor es magnífico. Vea cómo se siente la fuerza, vea…

Disfruta el paseo casi tanto como yo. Me gusta la velocidad, especialmente en auto nuevo y carretera despejada, con lindos paisajes y un buen piloto.

Además, aquí no hay más acá. Un despiste y nos vamos de frente al más allá.

A Filipa y sus velas de lavanda.

* * * *

Daniel tiene 34 y nació en Hessen, pero es bávaro por adopción. Estudió Economía del Deporte en la universidad. Desde los 19, toda su vida adulta, ha trabajado en BMW. Ahora ocupa, a pesar de su corta edad, un alto cargo ejecutivo: es el vocero de las Series 5, 6 y 7. Pero antes estuvo en la división Motorsport.

Los ojos celestes de Daniel brillan cuando recuerda sus años en Fórmula 1.

Jorge no puede evitar la pregunta: si conoció a su compatriota, Juan Pablo Montoya, conocido por sus malos modales, dentro y fuera de los circuitos.

–Cuando recién contratamos a Montoya, yo fui a buscarlo al aeropuerto de Múnich. Entonces le dimos un coche para que lo maneje, un Serie 5. Montoya estaba yendo muy rápido, usted entiende, sobre el límite permitido.

Supongo que lo tiene en la sangre.

–Entonces nos paró un policía, muy molesto. Y Juan Pablo le indica con señas que no entiende alemán. Mi colega está filmando todo desde atrás: “Sr. Montoya, dígale usted quién es”, y Montoya le dice al policía: “I am a Formula One pilot for BMW”. Y el policía le responde: “Yes, yes, and I am the king of China”.

–¿Y entonces que pasó?- pregunta Jorge.

–Todos empezamos a reírnos a carcajadas. Yo bajé y le expliqué al policía la situación. Él estaba muy molesto: “Caramba: cómo puede ser que no conozca yo a este piloto, siendo de BMW y todo.”

Le pregunto a Daniel, cuál es el verdadero amor de los alemanes: la cerveza, el fútbol o los automóviles.

Se pone serio.

–La cerveza es nutrición, así que no puede ser amor. El fútbol es como tu pueblo. Mi hija de dos años es socia del Bayern desde que nació.

Un colega cuenta que estaban parados en una playa, tomando fotos del auto, y un par de turistas alemanes los abordaron.

–¿Este es el nuevo BMW Serie 5, no?

–Efectivamente.

–¿Y ustedes por qué lo tienen, si todavía no salió a la venta?

Y añade:

–Parecían molestos.

–Estaban celosos, explica Daniel. Y luego de una breve meditación, asiente en su lengua madre:

Ja, ja… puede ser que el verdadero amor de los alemanes sea el automóvil.

Un amor secular y fecundo, correspondido y contagioso. Hasta Filipa, la moçinha del hotel donde BMW presenta su nuevo modelo está apaixonada.

–¿Y qué pasó con el anterior Serie 5?, le reclamo.

– ¿Qué clase de amor es ese?

–Como todo amor: es infinito mientras dura.

Daniel puede ser alemán, pero como sus autos, tiene mundo.

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