LA REVISTA

20 años: historia y cuento

Octubre 2011
Por: Miguel Unger

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1991. Perú caía como piano del quinto piso.
Dejando pasar una semana, y a veces no, Sendero reventaba 200, 300, 500 kilos de dinamita. En cualquier parte.

Yo vivía y trabajaba en el centro de Miraflores.

Un martes a las 8 de la noche, recién casado, estaba en el sillón de la sala viendo Canal 5 en mi flamante Phillips de 14” con antena de conejo, cuando las noticias se metieron por la ventana.

Un coche bomba hizo todos los vidrios del barrio y del edificio, también.

Recuerdo hasta ahora el olor a pólvora. La lluvia de vidrio molido, una letal cascada que no permitía asomarse por la ventana para enterarse de lo que había pasado.

Y ese peculiar sonido, como de “palo de lluvia”.

La oficina que compartía con Manuel Figari (creador del nombre “Automás”), también quedaba en la avenida Pardo, un poco más abajo, a dos cuadras de la Pileta y 10 pisos encima del antiguo restorán Firenze.

En la oficina la bomba que me apagó la tele sólo rajó un par de vidrios. Poco después, el atentado de Tarata, en el que murieron varios conocidos, hizo volar los papeles de nuestros escritorios y casi dejó sordo al buen Gino Pomar, primer Jefe de Publicidad de Automás.

En el Perú del 91 había terrucos y ronderos, toque de queda, jueces sin rostro, fuerzas especiales. Y apagones todos los días.

Los gringuitos mongos que caminaban por el arenal, con terno negro y una Biblia en la mano, tenían razón. El fin del mundo estaba cerca.

Pero Edwin Derteano nunca perdió el optimismo.

Edwin, El Negro, nació con dos sonrisas: la que siempre lleva puesta y otra más, para los días aciagos.

En 1991 –¡qué tal año!: felizmente ya no vienen así-- el país salió (a patadas, pero salió) de la hiperinflación, legado de un delincuente juvenil que había manejado y estrellado el país, ebrio de poder.

Bajo la nueva administración, un enigma con apellido japonés y de primer nombre Kenya, la economía se encarriló en un proyecto liberal ortodoxo, vigilado con lupa y conducido con látigo por el FMI y el Banco Mundial.

¿Recuerdan la famosa discusión de Samuelson y Friedman sobre cómo manejar el costo social de una corrección macroeconómica?

Friedman:

—Al perro se le corta la cola de un solo tajo.

Samuelson:

—Si estamos hablando de perros, estoy de acuerdo con usted, Dr. Friedman.

Los cirujanos del FMI / BM les cortaron la cola a los perros peruanos de un tajo brutal. Sin anestesia.

La gasolina se evaporó y los pollos salieron volando de los mercados, catapultados por un aumento de precio de 10,000% en 3 minutos.

Fue terrible, pero pasó.

También en marzo del 91 Perú abrió las importaciones de autos después de una década de mercado cerrado a piedra y lodo.

Dios no castiga ni con piedra ni con palo. Entre los primeros modelos en llegar al mercado, ignorante y famélico, había un sedán de aspecto moderno, que en la Unión Soviética se vendía con el nombre (¿o era una advertencia?) “Sputnik”: basura espacial. Fue el inolvidable Samara, La Venganza Rusa, que dio origen a la frase peor es Lada.

Algunos meses antes (agosto del 90) Saddam Hussein había invadido Kuwait, y los gringos, liderados por George Bush papá, y el espíritu de Rockefeller, se compraron la bronca.

La operación Tormenta del Desierto (febrero 1991) restituyó los campos petrolíferos del Golfo a sus legítimos tiranos y la normalidad volvió a Oriente Medio. Es decir: las cosas siguieron empeorando.

Aunque entonces nadie lo sabía, la presencia de medio millón de infieles armados hasta los dientes en la Tierra Santa de Alá (Arabia Saudita) inició el movimiento Al Qaeda, que, diez años después, se tiró abajo las Torres Gemelas de Manhattan y, 20 años después, le costó la vida a su barbudo líder.

¿Y qué tiene que ver esto con Automás? Todo.

Kuwait es un poco más grande que Surco (no mucho), pero tiene 10% del petróleo del mundo. Y el petróleo tiene solo tres aplicaciones en las que, hasta ahora, resulta irremplazable: el avión, el barco y el automóvil. En buena cuenta: el transporte.

El automóvil: esa expresión de individualidad de la que solo hay 900 millones, y contando. Una máquina que nos apasiona y exaspera. Objeto divino y diabólico, del que somos amos y esclavos, y al que le dedicamos todas estas páginas: pasadas, presentes y futuras.

Disculpen… me estoy yendo por las ramas. Volvamos a nuestra historia.

En 1991, Edwin y mi padre, Tomás (entonces como ahora, la máxima autoridad del país en todo) se asociaron.

Como ya dije, el Perú estaba hasta el perno. Pero a Unger & Derteano Consultores la semana les quedaba corta.

Cuando Marco Zileri me llamó (¿o fue su hermano, Sebastián?), para “hablar con Tomás y hacer un suplemento de autos”, Unger y Derteano hicieron un espacio en su recargada agenda y recogieron el guante.

En el equipo original estábamos Edwin y Tomás, directores y dueños; Rocío y Miguel, editores, Roberto, Josué, Gino, Quirino, Paty, Roxana: gente clave.

Automás nació con un pan bajo el brazo. Como los gatos, cayó parado.

La primera edición salió en marzo del 91, con 12 páginas en papel obra, carátula a colores y su propia grapa en el lomo. Era algo más que un suplemento. ¡Ya era una pequeña revista!

Durante los siguientes 14 meses, acompañamos al semanario Caretas en una de cada cuatro ediciones. Nos separamos en agosto de 1992: gracias Marco, Sebastián, Enrique.

Y tuvimos leche. Al mes siguiente, el 12 de setiembre, cayó Manuel Rubén Abimael Guzmán Reynoso, Presidente Gonzalo, Cuarta Espada del Marxismo-Leninismo-Maoísmo.

Muerto el perro se acabó la rabia.

Sin terrorismo ni hiperinflación, la economía floreció.

Vinieron buenos tiempos. Crecimiento sostenido. Lluvia de marcas y modelos.

También las invitaciones a lanzamientos internacionales: Chile, Brasil, Estados Unidos, Europa. ¡Europa!

El Motor Show de Lima, producido por Unger & Derteano para Araper, en 1994, fue un éxito. Tambien la Guía Toyota de Carreteras y Turismo, la primera de su género en el país. ¡qué tal chambaza!

“Los amigos se pierden, los enemigos se acumulan”, escribió Bierce. No es cierto.

A mediados de los 90, Edwin dejó la codirección de Automás. Mantenemos excelentes relaciones profesionales y personales.

Gino se fue a Ruedas & Tuercas, la competencia, y seguimos siendo patas.

Es un espíritu noble: ya me perdonó los escopetazos.

Yo me quedé a cargo del kiosco.

No lo hice tan bien, ni tan mal. Aquí estamos, con casi 200 ediciones.

He escrito miles de páginas: más de un libro. He tenido una hija. Y no he sembrado un árbol.

Más bien he talado un bosque.

¡Qué tal tintero!

Llevamos 20 años de viaje, y no perdemos la viada.

Por eso, cuando entrego un ejemplar de Automás y me preguntan:

—¿Es la última?

Siempre contesto:

—Espero que no. Sólo la más reciente.

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