LA REVISTA

Fotos con futuro

Enero 2013
Por: Miguel Unger

escape libre

Miro y remiro, detenidamente, la foto que me envió mi hija con una tarjeta cuasi navideña.

Digo cuasi, porque si bien las fechas coinciden, la tarjeta no tiene pinos escarchados, renos con estrellas en fondo verde ni nada rojo que recuerde a ese claun de la cristiandad, Papá Noel.

Solo la silueta de un árbol y unas cuantas hojas plateadas.

Según mi hija, el dibujo representa “la Primavera” y mi propio renacer. También dice “Paapiii”, “te quieeero muuuucho” y otras cosas por el estilo.

La foto fue tomada en el Circuito de Santa Rosa hace 15 años. Una niña cachetona me mira con grandes ojos preguntones y cierto aire de reproche. Yo, muchachón, sonrío de cuerpo entero. La Muñeca y su Sol.

Para mí, esa foto tiene pasado, harto pasado.

Hace mil años que no voy a Santa Rosa y otros mil que no sonrío con tanto desprendimiento. Entonces yo tenía la edad de Cristo, y aún no me habían crucificado.

Era feliz.

Para la remitente —Cuidado, papi, es original, no copia— la foto tiene presente.

Ella estuvo allí: recuerda el lugar y el día (o cree recordarlo, que es lo mismo). Ahora, a sus espléndidos 18, no pasan dos semanas sin que el Mundo le regale alguna excitante novedad: playa, amigos, una película para toda la vida, otro domingo glorioso.

Esa foto forma parte de un continuo que conecta el ayer con el hoy, plenos de entusiasmo y de vida.

¡Hagamos fotos! ¡Muchas fotos! ¡Fotos de todo!

Yo también me siento unido a esa imagen, como a un globo de helio que se escapó, como a una cometa que rompió el pabilo.

Quizás por eso reacciono al imperativo de la cámara con un displicente:

¿Fotos de mí? ¿Para qué?

La fotografía es un arte que me apasiona y, modestamente, cultivo. Pero soy un amante celoso y, en ocasiones, soslayado.

No me encuentro en muchas imágenes del álbum familiar, a pesar de que estoy allí, mirando impúdicamente al futuro, que ahora responde con una sonrisa socarrona.

Por eso, prefiero fotografiar la naturaleza. Las montañas también están perdiendo sus blancos copetes, pero hasta eso lo toleran mejor sus testas que la mía.

Si, por casualidad o designio, una de esas fotos cargadas de pasado se cruza en mi camino, salto con todas mis fuerzas para atrapar el hilo del globo, el pabilo de la cometa, que huye con una huída veloz.

Cuando lo consigo, soy el hombre más feliz del mundo.

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