LA REVISTA

Casi legal

Noviembre 2012
Por: Miguel Unger

escape libre

Mi primer auto, que no era mío, fue un Oldsmobile Delta 88 del 69. Mi padre se lo compró a un funcionario de la embajada de España en Guatemala.

“El Monstruo” media casi 6 metros y tenía dos bancas corridas en las que entraban 8 adultos o una docena de muchachos. El motor era un V8 de 7.3 litros, con suficiente torque para mover un tren y una sed insaciable. Manejado con zapatillas de ballet, daba unos 12 km por galón.

El auto había estado a cargo de un chofer, y la banca delantera estaba forrada con un plástico grueso. Cuando se lo quité, apareció un tapiz impecable, finamente labrado en una especie de seda artificial negra. Todo era grande: el timón, la guantera, las puertas. En la maletera entraba un Escarabajo.

Yo tenía 16 años y estaba en 4º de secundaria del C≠olegio Americano de Guatemala cuando saqué mi primer brevete. El trámite, que involucraba varias dependencias públicas en la Zona 1 de la capital, equivalente al Centro de Lima, tomaba un día. Me presenté a la primera ventanilla a las 8 de la mañana y al final de la tarde el documento ya estaba listo y enmicado: una cartulina amarilla con un sello azul sobre la foto de un chiquillo pelucón.

Durante el año y medio que lo usé hasta para ducharme, la única autoridad que me lo pidió fue mi padre. A mediados de los 70 en Guatemala no había policía de tránsito, y si la había, solo cumplía funciones de semáforo en el centro. La periferia de la ciudad era tranquila, con amplias avenidas y áreas verdes. Casi no había tráfico. Manejar era un placer, en mi caso, reservado para los fines de semana.

De lunes a viernes, mi hermano Juan Pedro y yo tomábamos el bus amarillo al Colegio Americano, un típico High School en el extranjero. Mixto y pituco, con buenos profesores, gimnasio, teatro y piscina. Los alumnos éramos una mezcla de guatemaltecos ricos y chiquillos sin patria, hijos de funcionarios internacionales que en algunos casos se habían mudado cuatro veces de país antes de cumplir los 15.

Nuestra patota incluía a Fernando Scheuch, un íntimo amigo del Regatas que también estaba en Guatemala, y se ampliaba, en ocasiones, a una docena de gringos más a o menos acriollados.

En Guatemala, las relaciones entre chicos y chicas de la clase alta estaban sujetas a un estricto protocolo. Los niños y niñas se hablaban de “Usted”, y las chicas eran celosamente vigiladas por el más eficaz de los guardianes: su propio recato. En el colegio el “contacto físico” entre hombres y mujeres estaba prohibido, y las transgresiones —que no ocurrían— acarreaban la expulsión de los implicados.

Dentro y fuera del colegio, el nuestro era un Club de Toby.

Si hubiéramos tenido los medios para hacer barbaridades mayores, seguramente las hubiéramos hecho. Porque ganas no faltaban.

Pero en esa ciudad pequeña y conservadora, el Diablo andaba ocioso.

El brevete amplió el rango de nuestros paseos hasta cruzar la frontera de la supervisión adulta.

Podíamos llegar a lugares donde no existía riesgo de cruzarse con algún conocido de los viejos.

¿Y qué hacíamos allí?

Nada que no se pueda o que valga la pena contar.

Fumar. Tomar cerveza.

¿De qué hablábamos? Felizmente, no lo recuerdo.

Pero sin importar el propósito del viaje, lo disfrutábamos intensamente.

Nos sentíamos libres.

Han pasado treinta años y sigo perteneciendo a un Club de Toby que, usando el auto como medio, se escapa de Lima y viaja 500 km hasta algún lugar en la Costa o en la Sierra donde no existe el riesgo de encontrarse con nadie conocido.

Tampoco hay señal de celular ni mujeres que pretendan gobernar.

No hacemos nada particularmente bueno ni malo.

Algunos tomamos fotos o buscamos piedras. Otros pescan.

Pero estas son actividades accesorias. Pretextos.

El motivo principal del viaje sigue siendo el mismo: sentirnos libres y en patota.

Somos cómplices en esa huida de la sociedad y sus reglas que no busca transgredirlas, sino, únicamente, dejar de sentir su peso.

Y volvemos a tener 16 años, para siempre.

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